miércoles, 11 de julio de 2007

Fragmentos en prosa inéditos pertenecientes al libro titulado "La Mística del Destino" (2003), de Esteban Costa

NOTA INTRODUCTORIA

Miércoles 11 de julio de 2007
(Por la tarde)

Este libro que ahora presento en escasas partes, fue mi octavo libro escrito, y lo escribí entre los veintiún y los veintitrés años, desde fines del año 2001 hasta fines del año 2003, donde comencé el siguiente libro, que fue como una segunda parte a ese mismo libro que venía escribiendo hacía tanto tiempo. Creo que el género más adecuado para clasificar a este libro sería: novela autobiográfica experimental, y de hecho así la presento, para mí el libro es eso. Es una novela en cuanto que sigue el transcurso de la vida de varios personajes a través de todo el relato, de principio a fin. Es autobiográfica porque, en parte y en partes, se refiere a mi propia biografía de vida, o sea, la propia vida del autor, y es experimental porque es un libro que contiene también muchos poemas –algo inusual en el género novelístico- y escritos de otros géneros literarios, como ensayos, muchas cartas, comentarios sobre cine, crítica social, crítica literaria, historia, algo de sociología y, creo, bastante de ideología, pero todo eso siempre bordeando la vida de varios personajes jóvenes que van creciendo y avanzando, como pueden, en la vida.
El libro está estructurado en seis partes y un apéndice; estos fragmentos que escogí pertenecen a la sexta parte, y son los fragmentos finales –la sexta parte cuenta con ochenta y ocho fragmentos en total—. Nada más. Espero que les guste, o que por lo menos les resulte curioso y atractivo el material, qué sé yo… Adieu.

Esteban Costa


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56. ¿POR QUÉ EXTRAÑA RAZÓN lo superfluo domina la escena? Obstinarme se vuelve necesario. Levantar una bandera desde mi cobijo limpio y tranquilo también. Hoy me alivié llevando a cabo una nimia e insignificante acción. Mi madre me juntó algunas prendas viejas, ropa que le regalaron a ella en la casa donde trabaja. Yo junté algunas cosas más; unos pañuelos, una chomba blanca Lacoste nueva y sin usar, pero parecía esas chombas que usan los pulcros jugadores de tenis de las familias ricas, aristocráticas y de la peor calaña. No había manera de que me decidiera a usar esa chomba, no iba conmigo ni con mi estilo. Así que junté todo eso más algunos viejos calzoncillos poco usados y un pantalón gris deportivo y metí todo en una bolsa roja. Luego junté unos libros que ya no quería más y también los metí en la bolsa. Mi madre me había juntado la ropa con la intención de que yo la llevara a una Feria Americana que hay por acá cerca donde una vez me cambiaron la ropa que yo había llevado por unos cuantos libros usados y de buenos autores. Lo cierto es que decidí no cambiar la ropa sino regalarla a algún pobre necesitado que encontrara por allí. La influencia de Quoist comenzó a hacerse notar en mis acciones y actitudes. Leí en uno de sus libros que una buena manera de practicar el desapego a los bienes materiales es regalar bienes a alguien. Por lo tanto decidí regalar esos bienes aunque no fuesen muy valiosos. Agarré mi bicicleta, enganché la bolsa roja en la parte trasera y partí en busca de algún pobre. Supuse que no iba a ser difícil encontrar a alguno. Comencé a andar por los alrededores del barrio, fui hasta la plaza y como no vi a nadie pegué la vuelta hacia otro lado. En un momento pensé que quizás el hecho de que no encontrara a nadie significaba que algún libro interesante me estaba esperando en la Feria Americana de la Avenida Nazca cruzando las vías del tren. Después pensé que esa idea era un autoengaño que yo me estaba haciendo para no regalar la ropa y llevarme algunos libros a mi cobijo; así que retomé más obstinadamente la búsqueda de algún pobre. Por un momento usé mi intuición y me dirigí rápidamente y decidido a la plaza que está ubicada en la estación de trenes de Villa Pueyrredón. Allí tendría que haber pobres porque siempre hubo pobres revoloteando y ordenando sus paquetes y sus bagatelas. Y los encontré. Ahora parece que les cedieron un terreno para que hagan la clasificación de residuos, para que separen la basura utilizable o vendible de la basura inutilizable e invendible, o sea, los cartones, papeles y vidrios por un lado, y demás residuos por otro respectivamente. Le entregué la bolsa a un viejo sucio, flaco y desgarbado que tenía una gorra roja. Me miró y me dijo: gracias. Me subí a la bicicleta y me fui. Me seguía sintiendo un inútil. Pensaba en toda esa gente pobre y analfabeta y sucia y sin esperanzas. Comencé a pensar en armar algo allí. En enseñarles a leer y escribir, en armar una pequeña biblioteca. Y después pensé qué sentido tendría todo eso si ellos lo único que quieren es ganar algo de dinero para poder comer y vestirse y vivir. Eso es algo que yo no puedo enseñarles, ya que en mi propia vida yo no sé cómo demonios ganar dinero. ¿O soy un cobarde? Yo sé que por más que aprendan a leer y escribir continuarán siendo excluidos del sistema. Están fuera del juego y lo están también las generaciones de niños que ellos engendran incansable e imparablemente. Miles y miles de pobres analfabetos. Villas de emergencia por doquier. Drogadicción, violencia, crimen y delito. Y los ricos vacíos de espíritu, y yo, sin dinero y sin riqueza de espíritu. Sin diversión y sin amor. Lo único que tengo es mi terca obstinación de levantar una bandera desde mi cobijo limpio y tranquilo.

La psicoterapia de una cultura es una Revolución Cultural. Luis Racionero

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57. ESTOY TOTALMENTE CONVENCIDO de que se abrió una inmensa brecha entre mi pensamiento y mi escritura. Necesitaría la paciencia del artesano para dejar rastro de todo lo que pienso. Hace tiempo que no escribo un extenso y fluido tramo en prosa. Bulle el activo mundo a lo lejos. Perros inciertos ladran en la soleada y fresca tarde de agosto. Abuelas y madres viven su anónima e inanimada historia. Los trabajadores viajan atestados en los colectivos que andan sin descanso por las avenidas tapadas por el humo gris de todos los días. Los jóvenes vacíos ríen en sus tardes vacías con risas vacías, sin historias, sin anécdotas. Van a los colegios, juegan al metegol en la esquina y se cargan, hacen bromas… En el futuro serán los trabajadores que viajan en los colectivos. Algunos serán abogados que defenderán a los hombres más corruptos, otros diseñarán grandes y complejas maquinarias industriales para crear más artefactos, y esas máquinas que ellos inventarán y diseñarán expulsarán incesante e imparablemente tóxicos irrespirables, y esos tóxicos taparán y contaminarán el aire de los barrios industriales donde viven los pobres más pobres las vidas más pobres y desdichadas. Leí en algún lado hace algún tiempo que hubo un dictador en Rumania [Nota al pie: El verdadero nombre del dictador es Nicolae Ceausescu, que fue líder de Rumania durante veinticuatro años] que estaba empecinado en instalar la industria pesada en su país, y lo hizo, y nunca más olvidaré una fotografía en donde se ve a un anciano pastor con sus ovejas cubiertas todas de un polvo negro tóxico. El dictador cumplió su funesto sueño de convertir un país naturalmente agrícola en un país industrializado, pero las ovejas naturalmente blancas pasaron a ser negras… ¡Y hay tanta tierra libre y despoblada Dios mío! Y aquí todos juntos y apretados y respirando todos los días aire contaminado con sustancias tóxicas que dañan la salud de las personas. La distribución de la población en este gran país es inentendible. Si pudiéramos observar este fenómeno desde la altura indicada quedaríamos estupefactos. Es como si un ser humano viera con sus ojos un jardín de un patio común de una casa común considerablemente grande, y viera justamente en el centro un pequeño círculo con millones de hormigas caminando una sobre la otra. Ciertamente el ser humano no entendería porqué esas hormigas están todas en ese círculo pudiendo estar más cómodas y aireadas en otros sectores del jardín. Evidentemente existen explicaciones de índole socioeconómica para entender el fenómeno de la distribución de la población en Argentina y en otros países con problemas similares, pero esas cuestiones se las dejo a los sociólogos. Hasta aquí estas consideraciones.

El artista reacciona ante su época con más susceptibilidad que la mayoría de la gente. Tal susceptibilidad es una carga para él, pero también su medio de producción. Sólo la exposición de sus causas le permite sobrevivir psíquica y materialmente. Cuanto más exactamente, de modo más complejo y sugestivo logre transmitir esta realidad, mayor será el número de personas que se reconozca a sí misma en sus figuras, que halle expresados unos impulsos propios, antes no descubiertos y ahora a disposición de la conciencia. Volker Michels

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58. ES UNA FRÍA MAÑANA DE AGOSTO. Es un lluvioso amanecer con ventiscas esporádicas que emiten sonidos. Son los sonidos naturales de la Tierra. Estoy despierto para burlar al tiempo, a la realidad, a las obligaciones, a los horarios establecidos, a las costumbres, a las tradiciones y para reírme muy burlón ante aquellos que se escandalizan por mis alocados horarios. O como mi madre dice: ¡Otra vez agarraste ese ritmo de locos…! Sí, lo agarré y lo metí dentro de mi cuerpo y dentro de mi cerebro, y ese ritmo se hizo uno junto a mi pasión. Cuarto cigarrillo encendido desde mi repentino desvelo. Reposa, ese cigarrillo, en un humilde y hermoso cenicero de madera forrado con masilla para artesanos y decorado con pequeñas mostacillas de colores. Es una de las pocas artesanías que guardo de mi producción. Me quedan todavía tres espejos. Uno lo utilizo yo mismo, y los otros dos restantes están guardados en una caja marrón de zapatos esperando la oportunidad de ser regalados a alguien. Hoy mismo, por la tarde, me encontraré con mi amigo Sebastián en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Allí mismo, desde el jueves 14 de agosto, es decir, el jueves pasado, están expuestas en un panel de madera pegado a la pared mis revistas literarias y subterráneas. He dejado para la exposición cinco ejemplares de cinco números de la vieja y artesanal Trascender y cinco ejemplares de los únicos cinco números editados de la pequeña y más reciente Aquí y Ahora. Hoy es el último día de la exposición. Participaron entre veinte y treinta publicaciones alternativas. Nada extraordinario. Poco vigor, poca originalidad y poco compromiso. En el acto de inauguración de la muestra o de la exposición estuvieron presentes el vicepresidente de la nación –y se reirían mis lectores posibles si supiesen qué clase de hombre es éste al que me refiero— y varios diputados nacionales. También estuvieron los músicos del ejército; no recuero a qué fuerza pertenecían exactamente. Era un cuarteto integrado por saxofonistas y trompetistas muy elegantemente vestidos. Eran joviales, alegres y educados. Allí estaba yo, en medio de toda esa algarabía. Había periodistas de televisión y radio, camarógrafos y decenas de personas adineradas vestidas con trajes y corbatas. Yo no entendía muy bien la escena. Veía el panel pegado a la pared con mis revistas y un collage en el centro, y luego, mirando levemente hacia el otro lado veía a los diputados, al vicepresidente, a los periodistas, a los músicos del ejército y a todos los adinerados de la sala. Los editores de las revistas alternativas no aparecieron. Había solamente cuatro o cinco. El resto había ido un día antes para armar los paneles y no aparecieron más. Desde aquel día jueves hasta hoy viernes hubo una serie de conferencias de temáticas que no me interesaron y por ese motivo no concurrí a ninguna de ellas. Simplemente iré hoy por la tarde a encontrarme con mi amigo de la infancia y a reírme con él por el hecho de que el joven y loco Klodi haya llegado con sus revistas independientes a la Biblioteca del Congreso de la Nación. Tomaremos algunas fotografías para retratar la ocasión. Para mí, este hecho, es como la finalización de un ciclo, de una etapa. Un decir: Con esto llegué hasta aquí. Edité, en total, trece números entre las dos revistas, y el futuro se me presenta incierto. Es más, no me interesa demasiado, simplemente deseo pasar una buena tarde con mi amigo y ver si puedo persuadir a algún editor de revistas o periódicos para que me publique algún escrito. Eso sí me preocupa, el dinero para vivir. El resto son problemas eternos y existenciales.

El arte es un mullido lecho para los que nos sentimos vagos de profesión. Cuando uno comprende esta verdad, se proclama a sí mismo solemnemente artista, escritor o pintor, músico o poeta. Luego, los demás, empezando por la familia y por los amigos, no aceptan casi nunca esta solemne proclamación individual que les parece subterfugio, un buen pretexto para no trabajar. Pasado el tiempo, si el vago por casualidad resulta un artista estimable, la vagancia no se toma en cuenta, es, en algunos casos, una belleza más, un gracioso lunar: en cambio, si el supuesto artista no produce nada que valga la pena, entonces su vagancia se pone al descubierto y se convierte ante los ojos de sus conocidos en algo criminal, desagradable y repelente. En esto, como en todo, el éxito establece la ley. Pío Baroja

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59. SI BIEN TIENDO A RECLUIRME y a bajar el nivel de mis delirios con el cristianismo y un poco de lectura de algunas páginas del Nuevo Testamento, mi pasión oculta y profunda es por los personajes de las historias reales de la literatura mundial, y no digo universal porque quizás existan literaturas extraterrestres… Quiero decir que por más que me tranquilice al leer el Nuevo Testamento y vuelva a adoptar momentáneamente una postura de espera –espera de la segunda venida del Señor Jesucristo, espera de la muerte y el Día del Juicio, espera apacible del futuro— siempre me tienta saber más sobre los sucesos acaecidos en los períodos intensos e interesantes de la historia de la literatura. El día de ayer fui a visitar a mi amigo Gustavo a su salón. Conversamos amena y ampliamente sobre temas diversos, y en un momento dado le comenté que estaba viviendo más en otras épocas y lugares que en esta época y en este lugar en que me toca vivir. Le hice algunos comentarios sobre la Generación Perdida, sobre Gertrude Stein y Alice B. Toklas, sobre la Rue Fleurus, sobre Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald y toda esa magnífica época. Al instante me comentó que una mujer con la cual él había tenido y mantenido una historia amorosa intensa e interesante había escrito un libro relacionado con aquella época y aquellos personajes. Se levantó rápidamente de su silla, se dirigió hacia una de las habitaciones y escuché, desde mi silla y mi lugar, algunos ruidos. Supuse que estaría buscando el libro y mi suposición fue correcta y acertada. Volvió contento con el extraño ejemplar en sus manos. Un libro anaranjado no muy ancho pero sí alto, con una portada realmente original. Ahora lo tengo aquí a mi lado en mi escritorio. La tapa consiste en una impresión de letras manuscritas cursivas en forma circular, de tanto en tanto resaltan algunas palabras escritas en imprenta mayúscula, como por ejemplo –empezando desde la parte inferior de la portada del libro—: EL PORVENIR DEL SOCIALISMO / LUZ DE EUROPA / MASSACHUSSETTS / MUNDO / LA FUERZA y JOYLISES, que supongo vendría a ser una palabra proveniente de la unión del apellido Joyce con el título del libro Ulises de James Joyce. En la parte inferior izquierda de la misma portada hay como una pequeña ventana rectangular en forma vertical donde puede verse el rostro de una mujer flaca, de nariz larga y puntiaguda, con el pelo negro y corte carré, o sea, con el pelo hasta la altura de la nuca. Tiene los ojos bien abiertos y largas pestañas. Si abrimos la tapa del libro podemos ver el resto del dibujo que está impreso sobre la primera página del libro. Allí vemos el cuadro completo. La mujer está sentada sobre una silla y está acodada sobre una mesa. Sostiene entre sus labios un cigarrillo y su mirada está definitivamente perdida en la nada. Sobre la mesa hay una copa a medio llenar –podemos suponer que contiene vino tinto— y alrededor de ella –la mujer— hay personas sentadas algunas y paradas otras. Hay mujeres y hay hombres de saco y sombrero conversando al lado de la barra del bar. El dibujo es realmente expresivo aunque no es detallista en su estilo, sino que recuerda el trazado apurado y rápido de los cuadros fauvistas de Matisse. Pero lo importante aquí no es el dibujo sino el libro que se titula El affair Skeffington. Su autora se llama Cristina Forero, aunque ella prefiere llamarse María Moreno. Esta señora fue y es la misma que Gustavo conoció hace varios años cuando ambos trabajaban en el diario Tiempo Argentino. La verdad es que ella es una buena y original escritora, y el libro es un buen y original libro…, y yo soy un mezquino en mis elogios y poco original a la hora de elegir las palabras para elogiar a ambas cosas; a ella y al libro… Y ahora llamé cosa a ella y no continúo porque todo empeorará, aunque creo que ella entendería estos pequeños inconvenientes si me conociera un poco a través de mis palabras. Y no hay manera ni modo de que no me aburra cuando intento elaborar un escrito más explícito, es decir, nombrando ciertas cosas que normalmente no nombro. Sé que este hecho, el de no ser demasiado explícito ni descriptivo juega en mi contra; lo sé y lo lamento. Envidio sanamente a María Moreno en cuanto que ella posee una extraordinaria paciencia a la hora de elaborar sus referencias y sus notas al pie de página. Estas referencias y notas no son vanas, como ocurre muchas veces, sino que son informativas y hasta humorísticas. A su vez, ayudan a sustentar el contexto en donde se desarrolla la historia, el París de los expatriados o exiliados norteamericanos o estadounidenses, más precisamente. Sin las notas continuas y abundantes, el libro carecería del sustento intelectual necesario para tratar temas históricos reales, aunque estoy casi seguro de que muchos de los personajes de la historia que ella elabora son ficticios y ficticias son las notas que a ellos se refieren. La autora posee agudeza intelectual, habilidad narrativa y descriptiva, sobre todo. Sus observaciones son muy inteligentes y el libro demuestra que ella ha estudiado mucho y muy atentamente ese particular período histórico. La verdad es que estoy sorprendido con este libro y espero poder conocer a su autora, y espero también que mi intento no resulte frustrado como me pasó con la señorita Bárbara Belloc, aunque sé que no profundicé mi búsqueda del paradero de esa bella poetisa argentina. Qué bueno sería si María Moreno se dedicara a elaborar las notas al pie de página de algunos de mis libros (¡y qué exuberante y hasta cierto punto pedante suena que diga: algunos de mis libros!). Me conformaría con que elaborara las notas de este último que ahora continúo escribiendo, aunque también me tienta el desafío de elaborarlas yo mismo, enfrentar esa tarea, meditar, tranquilizarme y ser conciso y preciso en cada nota, desarrollar esa faceta que requiere de erudición, pero más que nada de paciencia. María Moreno debe corregir sus textos como una periodista profesional; estoy convencido. Escribir este libro que tengo aquí a mi lado le habrá consumido unos cuantos días y le habrá provocado unos cuantos dolores de cabeza. Cómo encaró la estructuración de su libro es algo admirable, en ella hay algo que no hay en mí; profesionalidad. Es una escritora profesional… (Y después de tantos elogios es justo que me permita ser un tanto irónico). Bueno, todo esto resultó ser la introducción a un escrito que nunca existirá, pues nunca tendré esa paciencia bendita. Quizás algún día comente el tema del libro. O brevemente y ahora mismo; trata sobre la vida y la obra de la poetisa estadounidense Dolly Skeffington. Si existió en realidad o no habrá que preguntárselo a María Moreno.

Desde los días de Rousseau ha sido frecuente que la mayoría de las grandes autobiografías ofendieran a sus contemporáneos. Esto es comprensible, porque decir la verdad, la descarnada verdad de uno mismo y sus alrededores ha sido la meta de los grandes escritores. Y la verdad sin disfraces es siempre desagradable. Peter P. Rodhe

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60. QUISE CORREGIR Y REVISAR algunos de mis escritos. Vano intento. Desperdicio de tiempo. Acumulación de sustancias para acumular más tedio. Odio leer mis escritos de índole tediosa. Odio y detesto leer mis cantos al hastío. Lo único que hice fue abandonar todo y recostarme en mi cama pensando en Bárbara Belloc. Su nombre me excita; es armonioso, novelesco y literario. Le quise escribir una carta a Germán, pero el hecho de pensar si la incluiría o no en este libro me inmovilizó, me paralizó. Todos estos dilemas logran que me sienta mal, pésimamente mal. También estoy obsesionado con la idea de conocer a María Moreno. Ir a verla y darle algunos de mis escritos. Nada más. Pensé páginas enteras recostado en mi cama. Cartas para Germán y mensajes extraños para María Moreno. Ni siquiera sé cómo es. Quizás no le interesen ni un poquito los delirios de un extraño joven que escribe lo que puede y cómo puede. Yo no soy de esos ambientes literarios ya oficializados. No sé. Ahora todo me genera dudas y confusiones. Y me voy a ir a recostar y mejor me voy a quedar con la imagen de mi hermana Manuela escuchándome leerle un texto ameno de Lin Yutang sobre El culto a la vida ociosa en el parque Las Heras sobre el verde pasto. Hoy fui actor de mis vivencias. Me reí con gusto y sentí en mi piel el fresco viento de la realidad.

El único medio para soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua. El vino del arte causa una larga embriaguez y es inagotable… Gustave Flaubert

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62. EN LA MÚSICA Y EN EL CANTO hay esplendor. Cuando la humanidad inherente a los humanos es llevada al extremo hay esplendor. Cuando aflora y florece el puro sentimiento humano hay esplendor. Y el esplendor es lo que me importa. En la liberación hay esplendor. La tensión y el ahogamiento no pueden llevar al esplendor. Para liberarse hay que distenderse, y para distendernos es necesario creer que vamos a lograr lo que deseamos lograr. Si tenemos y poseemos esa seguridad, esa tranquilidad con respecto al futuro, podemos distendernos y soltarnos. La seguridad de poder crear todo lo que queramos crear. Cuadros, libros, fotografías, collages, revistas, museos, fundaciones, lo que sea. El esplendor es necesario; hay que ir tras él. ¿De qué sirve existir si no estallamos? El esplendor es estallido. Estallido de emociones de alto vuelo, estremecimientos fisiológicos, alegría extrema que baja el cielo a la tierra. Escucha música y siéntelo, observa reír a los jóvenes y siéntelo, mira a través de los brillantes ojos de los niños y percíbelo, contempla un amanecer o un atardecer y deja que el aire atraviese tu ser entero, que el viento esclarezca tu visión. Ama, ama a todo. Desborda. Rebasa. Que salga energía de tu cabeza y que inundes el ambiente haciendo que la luz sea más lucífera, que la transparencia sea posesión de todos y de cada uno. Que cada uno ame. Elevémonos, glorifiquemos… No hay palabras que puedan estremecernos de grandeza, la grandeza hay que sentirla, hay que experimentarla, vivenciarla. Como sea que cada uno la experimente, pero hay que experimentar la grandeza; es un deber supremo. Hay que llorar y cerrar fuertemente los ojos si es necesario, derramar lágrimas de éxtasis, esas que son producto de una conjunción perfecta entre sufrimiento y placer, entre gozo e impotencia. El sólo hecho de llegar hasta allí en la búsqueda de la grandeza y el esplendor humano ya nos hace dignos de merecerlos. Quedarás vacío en la búsqueda, pero habrá valido la pena. Supongo que más allá de eso no se puede llegar. ¿Qué más hay? Sentir todo, vivirlo todo. No hay más nada. Todo se resume en la disponibilidad de la sensibilidad. Es el filtro por el cual atraviesa la experiencia. Si tu sensibilidad está disponible y abierta, eres rico. Todos los matices son tuyos. Extraes eternidad de simples momentos. Goza del esplendor escuchando la música y el canto. Y halla grandeza en ser extremadamente humano.

No me basta con leer que las arenas de las playas son suaves; quiero que mis pies desnudos lo sientan. André Gide

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63. HESSE SOÑÓ E IDEÓ la provincia pedagógica de Castalia. Esbozó y planificó las bases teóricas del Juego de Abalorios. Ambas cosas son realmente maravillosas y excepcionales. Mi realidad se encuentra a miles de kilómetros de distancia de Castalia, pero en mi cobijo reinan y predominan los ideales castalios. Yo me meto en el juego, estoy en el juego y continúo jugando. No cuento con un Magister Musicae que me aconseje ni me guíe en mis pasos futuros. Hesse mismo es el Magister Musicae y también el Magister Ludi. Nosotros apenas estamos en la etapa de la escuela de selección. O quizás ya fuimos derivados a alguna escuela especial; si fuera por mí, yo iría a Waldzell. El juego de abalorios, para mí, es como un gran collage. En un collage abundan las asociaciones y las analogías; armar un collage es como preparar una partida del juego de abalorios. Mis estudios libres los dediqué y aún los dedico a armar mi propia historia, mi propia obra literaria. Y así como los anónimos estudiantes de Waldzell podían dedicar su vida entera a elaborar, preparar y escribir una Historia del laúd desde el siglo XV al XVII, para dar un burdo ejemplo, yo me dedico a elaborar algo así como una Historia de la juventud argentina nacida durante el período de la catástrofe [Nota al pie: Tiempo después de haber escrito esas palabras, me encuentro con un extenso artículo publicado en una popular revista dominical de gran tirada titulado Futuro imperfecto, referido a las jóvenes que no estudian ni trabajan. En el artículo abundan los datos estadísticos, pero sólo quisiera señalar algunas palabras de algunos profesionales que escriben en el artículo; por ejemplo, la señora Susana Torrado, socióloga experta en demografía, opina: Si los jóvenes están mal es porque sus padres están mal. Y una gran parte de los chicos que nacieron entre 1975 y 1985 son los que peor la pasaron porque se socializaron en lugares de exclusión. Es una generación de difícil reinserción que en el futuro seguramente ocasionará diferentes formas de conflictividad social. Otro sociólogo opina: Es duro, pero hay que decirlo: hoy los chicos ni siquiera pueden aspirar a tener un nivel de vida como el que alcanzaron sus padres. Y la mayoría le teme al futuro. No saben si podrán conseguir un buen empleo, o un empleo a secas. No saben si podrán hacerse cargo del sostén de la familia que les toque formar, si podrán ser alguien. Son conscientes de las dificultades que viven sus propios padres, y saben que están ante la última posibilidad de orientar su biografía. El periodista principal del artículo se pregunta: ¿Será el miedo a ahogarse el que los hace quedarse tan quietos? Finalmente el extenso artículo termina con unas reflexiones inteligentes y optimistas de un filósofo apellidado Rozitchner que vale la pena recalcar: Para que la vida tenga sentido hay que dar la batalla por el propio deseo. Sumergirse en una visión de imposibilidad, es reproducir el mal. Hay que pelear por la felicidad propia. El que no es protagonista de su vida, no logra nada (…) Hay un remedio: curarse de la absurda creencia de que la vida puede no tener dificultades (…) Esa moral de derechos, tan ignorante de la realidad, debe ser reemplazada por una moral del entusiasmo y la acción.]. Claro que no elaboro esa historia como lo haría un historiador común y corriente, sino que esa historia se desprende de mi extensa autobiografía. Y como yo mismo nací y viví inmerso en la catástrofe no se puede pretender demasiado. Sería como pretender que un cronista que se encuentra en medio de un naufragio reparara en el estilo y en la estructura de su crónica. El pobre náufrago cronista hará lo que pueda, pues el barco en el cual iba a bordo se está hundiendo rápidamente. Eso se llama entender el contexto en el cual surge una obra literaria. Influirá también el hecho aparentemente insignificante de si en el barco hay algún lugar cómodo para escribir o no lo hay, si el cronista viaja en verano o en invierno o en otoño o en primavera, si padece alguna enfermedad o si está sano, etcétera. Hay que tener todo en cuenta, y principalmente el hecho de si el cronista tenía solucionado el problema de su sustento alimenticio o alimentario; si tenía vivienda o no la tenía, si pagaba alquiler o era propietario. Todo esto influye en el estado anímico y emotivo del supuesto cronista. Debemos considerar también la formación intelectual del cronista. Si cursó estudios en alguna institución académica o si no los cursó, si tuvo guías o maestros o si fue autodidacta; si tenía libros a su disposición o si no los tenía. La influencia del contexto, del entorno, del período histórico por el cual atraviesa la nación en la cual el cronista o el escritor habitan, es innegable. No podemos entender y abarcar adecuadamente su obra si desconocemos todo eso. Si nos gusta o no lo que escribe el cronista o el escritor es otro asunto. No hay contexto que justifique a un mal escritor. Hacía días que no escribía. He asimilado demasiada información durante estos días. Exteriorizar todo lo que experimento dentro de mí es una labor realmente extenuante. Iré de a poco; volcaré en el papel algunas conclusiones hoy mismo, y de hecho ya hice algunos comentarios que consideré esenciales. En los días venideros continuaré expulsando y exteriorizando todo el bagaje intelectual que ofusca mi claridad, que me genera cierta pesadez, cierta presión sobre mis sienes, que proyecta una constante niebla en mi vista. A la escritora María Moreno le llevé un paquete literario que contenía una carta destinada a ella, unos cuantos escritos míos, algunos poemas también míos y le envié en el mismo paquete –que consistía en un sobre grande de papel madera— algunas fotocopias de imágenes relacionadas con la Generación Perdida, y otras, simplemente, eran retratos de escritoras famosas como Virginia Woolf y Katherine Mansfield. Había una fotografía tomada en la famosa librería Shakespeare and Company donde podía verse, y aún se puede si se consigue una copia, a Sylvia Beach junto a James Joyce sentados alrededor de una mesa repleta de papeles y portasellos repletos de sellos. Todavía no tuve noticias de María Moreno. Le entregué el sobre personalmente en la puerta del aula número dos del Colegio La Salle ubicado en la calle Riobamba en la Capital Federal. Ese día me dirigí un tanto nervioso y ansioso al Centro Cultural Ricardo Rojas. Allí me informaron que el taller que dictaba la escritora María Moreno no se estaba dando ahí sino en el Colegio La Salle, y me fui para allí rápidamente pues sólo había una distancia de seis o siete cuadras de un lugar a otro. Pues entonces le entregué el sobre personalmente. Tenía un peso considerable. Adentro había unas quince hojas tamaño carta más las fotocopias con las imágenes más algunos ejemplares de mi revista. He aquí la carta que le entregué adjunta a todo el curioso paquete literario:
[Aquí el libro continúa con la carta a María Moreno, que está publicada en la sección de la etiqueta titulada Cartas y mensajes de este mismo blog.]

viernes, 6 de julio de 2007

Frases seleccionadas del prólogo al libro "La Religión y el Rebelde", de Colin Wilson, un joven iracundo...

No me parecía un paso atrevido definir al Marginal como el síntoma de una civilización en decadencia: los Marginales aparecen como erupciones de una civilización moribunda. Un individuo tiende a ser lo que su contorno hace de él. Si una civilización está espiritualmente enferma, el individuo sufre la misma enfermedad. Si tiene la salud suficiente como para combatir, se convierte en Marginal.

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En mi caso, la pregunta fundamental que existe detrás de Marginal es: ¿cómo puede el hombre ampliar su esfera de conciencia? Pienso que los seres humanos usufructúan una parte de conciencia tan angosta como las tres notas centrales del teclado de un piano. Que el área posible de los estados mentales es tan ancha como el teclado entero, y que el objetivo fundamental y el trabajo del hombre consisten en extender esa esfera de tres notas a todo el resto. Los hombres a que me referí en El Marginal tenían en común: un conocimiento instintivo de que su esfera podía ser ampliada, y una persistente insatisfacción del ámbito de sus experiencias cotidianas.
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La mayoría de las personas que conozco, viven ejemplarmente así: trabajando, viajando, comiendo, bebiendo y conversando. El ámbito de la actividad diaria en la civilización moderna levanta un muro alrededor del estado ordinario de conciencia y hace casi imposible mirar más allá. Tal cosa es provocada por las condiciones en que vivimos. Es lo que ocurre en una civilización que siempre hace ruido como una dínamo, y que no proporciona ocio para la paz ni la contemplación. Los hombres comienzan a perder la intuición de modos desconocidos de ser, esa capacidad de construir que los llevaría a ser algo más que cerdos altamente eficientes. La pérdida de esa capacidad produce un horror contra el que el Marginal se rebela.

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Una tarde estaba pegando sobres con una esponjita húmeda, cuando un joven que parecía cómodo desempeñándose como mandadero comentó: Destruye el alma, ¿no es así? Una frase de lugares comunes, pero nunca la había oído antes, y la repetí como una revelación. No destrucción del alma, sino destrucción de la vida; la fuerza vital frenada produce un olor como el agua estancada, y el ser entero se emponzoña.
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El aburrimiento, sabía, quería decir no tener lo suficiente que hacer con las propias energías vitales. La respuesta a esto, sencillamente, reside en extender el radio de la conciencia, poner en circulación las emociones y hacer trabajar la inteligencia, hasta que nuevas áreas de conciencia sean incorporadas a la vida, así como la sangre que empieza a circular nuevamente por una pierna que ha estado entumecida. Eso era apenas el punto de partida. Disponer del ocio no es suficiente, el ocio es sólo un concepto negativo: el ancho y despejado terreno donde uno puede edificar casas decentes después de hacer quitado los conventillos. El problema siguiente es empezar a construir.
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Cuanto más se combate, mayor caudal de vida es posible. Por eso, para mí, el problema de vivir se resolvía en la cuestión de elegir obstáculos que estimularan mi voluntad. Instantáneamente, reconocí que nuestra civilización va en sentido contrario: toda nuestra cultura y nuestra ciencia están apuntadas a capacitarnos para realizar la menor voluntad posible. Todo se hace fácil y si, después de una semana de rutina oficinesca y de viajar en ómnibus, aún sentimos la necesidad de aplicar un exceso de energía, siempre podemos entretenernos con esos juegos asociados a obstáculos artificiales, donde la voluntad se aplica para derrotar a un equipo de jugadores de cricket, o fútbol, o simplemente a luchar contra la imaginaria Esfinge que inserta las palabras cruzadas en el diario.
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Cuando decía que Platón, Goethe y Shaw fueron existencialistas, implicaba que los tres fueron pensadores para los que pensamiento y vida son inseparables. El otro hombre para el cual pensamiento y vida resultan inseparables es el artista; su arte es el resultado del impacto de la vida en su sensibilidad.

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Resumiendo, el existencialista es el artista filósofo, y su medio natural es la Bildungsroman –novela educativa—; la novela o la obra que se refiere a la maduración de su personaje central a través del impacto de su experiencia. Ejemplos de esto: Wilhelm Meister de Goethe, Los hermanos Karamazov de Dostoievski, El proceso de Richard Feverel de Meredith, La montaña mágica de Mann, Demian de Hesse, Los caminos de la libertad de Sartre, Adiós a las armas de Hemingway, El retrato de Joyce, Inmadurez de Shaw. He citado aquí juntas las mayores y las menores para enfatizar la anchura de esta rama. Déjenme terminar dogmatizando: en el siglo XX, la única forma seria del arte literario es la Bildungsroman.
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Imaginación es el poder captar, sin esto el hombre sería un imbécil, sin memoria, sin premeditaciones, sin capacidad de interpretar lo que ve y siente. Cuanto mayor es el poder de captar, más alta es la forma de vida; y en el hombre, el captar se transforma en una facultad consciente, que puede ser denominada imaginación. Si la vida es avanzar hacia estratos más elevados, más allá del mono, más allá del hombre-trabajador e incluso del hombre-artista, esto se produce mediante un mayor desarrollo del poder de captar. El anhelo religioso es la búsqueda de una intensidad de imaginación más grande.
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En ese punto comencé El Marginal. Mi tesis era que la religión comienza con el estímulo del heroísmo reemplazando a la imaginación. Los Marginales de los primeros capítulos eran hombres hambrientos de heroísmo, encallados en una era no-heroica. Su anormalidad como Marginales residía en sus intentos de fabricar su propio heroísmo. La queja de Roquentín –La náusea de Sastre— era: No hay aventura, e implicaba que esto es verdadero en la civilización moderna.
Traté de demostrar que el ansia por una mayor intensidad de imaginación –de vida— toma la forma de una búsqueda del heroísmo. Este hambre de lo heroico era completamente visible en las vidas de Van Gogh, T. E. Lawrence, Rimbaud, Gauguin. Guido Ruggiero ha llamado a Gauguin y Rimbaud Santos existencialistas, y declaró –con completa precisión— que el existencialismo toma a la vida como una novela de aventuras.
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Nietzsche sabía que el ideal de una paz universal es un ideal falso; el hombre siempre intentará crear oportunidades para lo heroico. Las guerras del siglo XX son la expresión de una frustración inconsciente. Kierkegaard tenía razón cuando dijo que el aburrimiento es el verdadero mal del mundo. Una religión es el receptáculo de lo heroico, el símbolo de la necesidad del hombre de luchar por la captación. Las guerras mundiales y el fracaso de la religión son compañeros inevitables.
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El Marginal debía ser considerado como un fenómeno de la civilización moderna. Se llegaba a esta conclusión: es el síntoma de una civilización en decadencia. Pero, al menos, es un signo de salud.
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En cualquier época, la religión más pura está en manos de sus rebeldes espirituales. El siglo XX no es una excepción.
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Cada vez que una civilización llega a un punto crítico, es capaz de crear un hombre mejor. La respuesta exitosa a la crisis depende de la creación de un nuevo ser. No necesariamente el Superhombre nietzscheano, sino un tipo de hombre con una conciencia más amplia y un sentido de sus propósitos más profundo que nunca. La civilización no puede continuar en el presente embrollo, este desfile de miopes que producen mejores y mejores refrigeradores, pantallas de cine más y más anchas, secando constantemente en los hombres toda vida espiritual. El Marginal es un intento de contrabalancear esta muerte de los propósitos. El desafío es inmediato y exige respuesta a todos los que sean capaces de entenderlo.

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Si nuestra época está al borde de su última decadencia, como la civilización griega en los tiempos de Platón, el Marginal sólo puede observarla con curiosidad científica, y continuar -como Platón- meditando en problemas no tan inmediatos. Este separarse es la básica condición del sobreviviente, un signo de optimismo fundamental:


Todas las cosas caen y son construidas nuevamente.
Y aquellos que otra vez las construyen están contentos.


Así decía Yeats.


Los Marginales aparecen como erupciones de una civilización moribunda

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Colin Wilson
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[Todas estas frases fueron extraídas por mí del prólogo al libro titulado La Religión y el Rebelde, de Colin Wilson, que fue publicado en una antología de prosa de varios escritores preparada por Miguel Grinberg. El libro -la antología- se tituló Visionarios Implacables, y fue editado por Mutantia en el año 1994].

jueves, 5 de julio de 2007

Algunos párrafos interesantes para adentrarnos un poco en la obra del escritor inglés Aldous Leonard Huxley (1894-1963). Tres libros escogidos...

La actual felicidad siempre parece muy menguada en comparación de las compensaciones que brinda la miseria. Y, además, la estabilidad no es ni con mucho tan espectacular como la inestabilidad. Y el estar satisfecho no tiene el encanto de una denodada lucha contra la desgracia, ni el pintoresquismo de una pugna contra la tentación, o de una fatal derrota a manos de la pasión o de la duda. La felicidad nunca es grandiosa.


Si tuviese un poco de sentido, comprendería que su castigo es en realidad un premio. Le mandan a una isla. Es decir, le mandan a un lugar donde hallará la compañía de los hombres y mujeres más interesantes que podría encontrar en todo el mundo. Cuantas personas que, por una u otra causa, han alcanzado demasiada personalidad para poder adaptarse a la vida en común. Cuantas personas no están conformes con la ortodoxia. Cuantas tienen ideas propias. Cuantas, en una palabra, son alguien. Casi le envidio, míster Watson.


El personaje Mustafá Mond lee un fragmento de un libro a otro personaje:

Envejece el hombre; percibe un sentimiento radical de flaqueza, de cansancio, de malestar, que acompaña al avance de la edad; y, al sentirse así, se cree enfermo, adormece sus temores pensando que aquel penoso estado se debe a una causa determinada, de la que, cual de una enfermedad, espera curarse. ¡Vanas imaginaciones! La enfermedad es la vejez; y es bien desagradable. Dícese que es el miedo a la muerte y de lo que vendrá después el que vuelve religiosos a los hombres conforme entran en años. Pero mi propia experiencia me ha llevado a la convicción de que, completamente aparte de toda clase de terrores e imaginaciones, el sentimiento religioso tiende a desarrollarse, conforme vamos para viejos, a causa de que, calmadas las pasiones, la imaginación y la sensibilidad menos excitadas y excitables, la razón está menos turbada en sus funciones, menos oscurecida por imágenes, deseos y distracciones que de continuo le absorbían; entonces Dios surge como de detrás de una nube; nuestra alma siente, ve, tiende hacia la fuente de toda luz; natural e inevitablemente; pues ahora que todo cuanto da vida y encanto al mundo de las sensaciones ha comenzado a huir de nosotros; ahora que la existencia fenoménica no está mantenida por las impresiones internas o externas, sentimos la necesidad de apoyarnos sobre algo que permanezca y que no nos engañe, una realidad, una absoluta y eterna verdad. Sí volvemos inevitablemente a Dios, pues este sentimiento religioso es de índole tan pura, tan delicioso para el alma que la experimenta, que nos compensa de todas las demás pérdidas…


Pero, a pesar de los pesares -insistió el salvaje-, es natural creer en Dios cuando estamos solos, completamente solos, de noche, pensando en la muerte…


Del libro titulado Un mundo feliz (1932)
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A medida que el individuo crece, su conocimiento toma una forma más conceptual y sistemática, y su contenido utilitario es enormemente aumentado. Pero estas ganancias se hallan contrapesadas por cierto deterioro en la calidad de la aprehensión inmediata, por un embotamiento y pérdida de poder intuitivo.


Si uno mismo no es sabio ni santo, lo mejor que puede hacer, en el campo de la metafísica, es estudiar las obras de los que lo fueron y que, por haber modificado su modo de ser meramente humano, fueron capaces de una clase y una cuantía de conocimiento más que meramente humanas.

La naturaleza de la Realidad Una debe conocerse por la clara percepción espiritual de uno mismo; no puede conocerse mediante un pandit –hombre docto—. Análogamente, la forma de la luna sólo puede conocerse por los ojos de uno mismo, ¿cómo podría conocerse por otro?

Pues el lenguaje, como Richard Trench lo señaló hace tiempo, es con frecuencia más sabio, no sólo que el vulgo, sino más sabio que los que lo hablan. A veces encierra verdades que en otro tiempo eran bien conocidas, pero que se han olvidado. En otros casos, contiene los gérmenes de verdades que, aunque no fuesen nunca claramente discernidas, atisbó el genio de sus inventores en un afortunado momento de adivinación.


Gran parte del conocimiento más original y provechoso del mundo se realiza por personas de pobre físico y de espíritu todo lo contrario de práctico. A causa de esto y de que el valor del pensamiento puro, sea analítico o integral, ha sido en todas partes más o menos claramente reconocido, toda sociedad civilizada tomaba, y aún toma, medidas para proteger hasta cierto punto a los pensadores de las dificultades y angustias ordinarias de la vida social. La ermita, el monasterio, el colegio, la academia y el laboratorio de investigación; el cuenco del mendigo, las dotaciones, el patrocinio y la concesión de subvenciones públicas; tales son los principales medios que han usado los activos para la conservación de esa rara ave, el contemplativo religioso, filosófico, artístico o científico. En muchas sociedades primitivas las condiciones son duras y no hay excedente de riqueza. El contemplativo nato tiene que arrostrar sin protección la lucha por la existencia y el predominio social. El resultado, en muchos casos, es que muere joven o está tan desesperadamente atareado por sólo mantenerse vivo que no puede dedicar su atención a nada más. Cuando esto ocurra, la filosofía dominante será la del duro, extravertido hombre de acción.


La divina Base de toda existencia es un Absoluto espiritual, inefable en términos del pensamiento discursivo, pero –en ciertas circunstancias— susceptible de ser directamente experimentado y advertido por el ser humano. Este Absoluto es el Dios sin forma de la fraseología mística hindú y cristiana. La última finalidad del hombre, la razón final de la existencia humana, es el conocimiento unitivo de la divina Base, el conocimiento que puede llegar tan sólo a los que están decididos a morir para el yo y de tal modo a hacer sitio, por así decirlo, a Dios. De cualquier generación de hombres y mujeres, muy pocos podrán alcanzar la finalidad última de la existencia humana; pero la oportunidad para llegar al conocimiento unitivo será, de uno u otro modo, continuamente ofrecida hasta que todos los seres sensibles adviertan quiénes son realmente.


En Rusia, la literatura, el arte y la ciencia se han convertido en las tres personas de una nueva Trinidad humanista. Y no está el culto de la Cultura confinado a la Unión Soviética. Es practicado por una mayoría de intelectuales en las democracias capitalistas. Periodistas listos y endurecidos, que escriben sobre todas las demás cosas con el condescendiente cinismo de gente que lo sabe todo acerca de Dios, el Hombre y el Universo, y han descifrado toda la absurda trama, se caen de espaldas de admiración en cuanto le llega el turno a la Cultura. Con un ardor y un entusiasmo que son, en las circunstancias, indeciblemente ridículos, nos invitan a compartir sus emociones, positivamente religiosas, ante el Arte Superior, según se representa en las últimas pinturas murales o centros cívicos, insisten en que mientras Mr. X siga escribiendo sus inimitables novelas y Mr. Y sus críticas más que coleridgianas, el mundo, pese a todas las apariencias en contrario, tiene sentido. La misma sobrevaloración de la cultura, la misma creencia de que el Arte y la literatura son fines en sí mismos y pueden florecer aislados de una razonable y realista filosofía de la vida, han llegado a invadir escuelas y colegios. Entre los educacionistas avanzados hay mucha gente que parece creer que todo irá bien mientras se permita a los adolescentes expresarse a sí mismos y se aliente a los niñitos a ser creadores en la clase de trabajos artísticos. Pero, ¡ay!, la plastilina y la expresión de sí mismo no resolverán el problema de la educación. Tampoco lo resolverán la tecnología y la orientación profesional, ni los clásicos, ni las Cien Obras Maestras.


La simplicidad y espontaneidad del sabio perfecto son fruto de la mortificación, mortificación de la voluntad y por el recogimiento y la meditación de la mente. Sólo el artista más altamente disciplinado puede recobrar, en un plano más elevado, la espontaneidad del niño con su primera caja de pinturas. Nada es más difícil que ser sencillo.


Las palabras no son hechos, y todavía menos el Hecho primordial. Si las tomamos con excesiva seriedad, perderemos nuestro camino en un bosque de zarzas enredadoras. Pero si, por el contrario, no las tomamos con bastante seriedad, quedaremos sin darnos cuenta de que hay un camino que se puede perder o una meta a la cual llegar. Si los iluminados no predicaran, no habría salvación para nadie. Pero, como las mentes y lenguajes humanos son lo que son, esta predicación, necesaria e indispensable, está rodeada de peligros. La historia de todas las religiones se parece en un punto importante; algunos de sus fieles son esclarecidos y libertados, porque han sabido reaccionar apropiadamente ante las palabras que los fundadores dejaron caer; otros alcanzan una salvación parcial con una adecuación parcial; otros, en fin, se dañan a sí mismos y a su prójimo reaccionando de un modo totalmente inapropiado, sea haciendo caso omiso de esas palabras, o tomándolas demasiado en serio y tratándolas como si fueran idénticas con el Hecho a que se refieren.


En la práctica, las palabras son usadas para otros fines que hacer afirmaciones sobre hechos. Muy a menudo se emplean retóricamente, para despertar las pasiones y dirigir la voluntad hacia alguna ruta de acción que se considera deseable. Y también, a veces, son usadas poéticamente; esto es, son usadas de modo tal que, además de hacer una afirmación acerca de cosas y acontecimientos reales o imaginarios, y además de influir retóricamente en la voluntad y las pasiones, hacen que el lector advierta que son bellas. La belleza en el arte o la naturaleza es cuestión de relaciones entre cosas que no son en sí mismas intrínsecamente bellas. No hay nada bello, por ejemplo, en vocablos como tiempo o sílaba; pero cuando se emplean en una frase como hasta la última sílaba del registrado tiempo, la relación entre el son de las palabras componentes, entre nuestras ideas de las cosas que representan y entre las resonancias de asociación con que cada palabra y la frase toda están cargadas, es aprehendida como bella por intuición directa e inmediata. Sobre el empleo retórico de las palabras no es necesario decir mucho. Hay retórica para buenas causas y retórica para causas malas; retórica que es tolerablemente fiel a los hechos a la vez que conmovedora, y retórica que es inconsciente o premeditadamente una mentira. Aprender a distinguir entre las diferentes clases de retórica es una parte esencial de la moralidad, y la moralidad intelectual es una precondición de la vida espiritual, tan necesaria como lo es el dominio de la voluntad y la vigilancia del corazón y la lengua.


Al poeta, al amante de la naturaleza, al esteta se le otorgan aprehensiones de la realidad análogas a las concedidas al abnegado contemplativo; pero, por no haberse ocupado en hacerse completamente abnegados, son incapaces de conocer a la belleza divina en su plenitud, tal como es en sí misma. El poeta nace con la capacidad de disponer las palabras de tal modo que algo de la cualidad de las gracias e inspiraciones que ha recibido pueda hacerse sentir a otros seres humanos en los espacios blancos, por así decirlo, que quedan entre sus versos. Es este un grande y precioso don; pero si el poeta se contenta con este don, si persiste en adorar la belleza en el arte y la naturaleza sin ir mas allá haciéndose capaz, por la abnegación, de aprehender la belleza tal como es en la Base divina, entonces es sólo un idólatra. Cierto que su idolatría se halla entre las más elevadas de que los seres humanos son capaces; pero no por ello deja de ser idolatría.

Sólo aquellos que manifiestan poseer, aunque sea en pequeña proporción, los frutos del espíritu, pueden persuadir a otros de que la vida del espíritu merece ser vivida.


Del libro titulado La filosofía perenne (1946)
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-Ahora y aquí, muchachos— repitió el pájaro una vez más, y bajó aleteando de su percha en el árbol muerto y se posó en el hombro de la niña. Ésta peló otra banana, entregó dos tercios a Will y ofreció el resto al mynah.
-¿El pájaro es tuyo?— preguntó Will.
Ella meneó la cabeza.
-Los mynah son como la luz eléctrica— declaró. No pertenecen a nadie.
-¿Por qué dice esas cosas?
-Porque alguien se las enseñó— respondió la chiquilla con paciencia. ¡Qué burro!, parecía insinuar su tono.
-¿Pero por qué le enseñan esas cosas? ¿Por qué Atención? ¿Por qué Ahora y aquí?
-Bien… -Buscó las palabras correctas para explicar lo evidente a ese extraño imbécil—. Eso es lo que uno siempre olvida, ¿no es así? Quiero decir, uno olvida prestar atención a lo que sucede. Y eso equivale a no estar ahora y aquí.
-Y los mynah vuelan de un lado a otro recordándolo… ¿Es eso?
La niña asintió. Por supuesto, era eso.


Bajo el interrogatorio de la niña, le relató lo que había sucedido. La tormenta, la varadura del bote, la larga pesadilla de la ascensión, las serpientes, el horror de la caída… Comenzó a temblar de nuevo, con más violencia que antes. Mary Sarojini escuchó con atención y sin hacer comentarios. Luego, cuando la voz de él vaciló y finalmente se quebró, se adelantó, y, con el pájaro todavía encaramado en su hombro, se arrodilló junto a él.
-Escucha, Will— dijo, poniéndole una mano en la frente. Tenemos que librarnos de eso. Su tono era profesional y serenamente autoritario.
-Ojalá supiera cómo— respondió él, castañeteando los dientes.
-¿Cómo?— repitió la niña. Pues en la forma acostumbrada, por supuesto. Vuelve a hablarme de esas serpientes, y de cómo te caíste.
-No quiero— dijo él, meneando la cabeza.
-Es claro que no quieres— dijo ella. Pero tienes que hacerlo. Escucha lo que dice el mynah.
-Ahora y aquí, muchachos— continuaba exhortando el pájaro. –Ahora y aquí, muchachos—.
-No puedes estar ahora y aquí –continuó la niña— hasta que te hayas librado de esas serpientes. Díme.
-No quiero, no quiero—. Estaba casi al borde de las lágrimas.
-Entonces jamás te librarás de ellas. Se arrastrarán toda la vida dentro de tu cabeza. Y te lo tendrás merecido—. Agregó Mary Sarojini con severidad.
Él trató de dominar los temblores, pero su cuerpo había dejado de pertenecerle. Algún otro se había hecho cargo de él, alguien malévolamente decidido a humillarlo, a hacerlo sufrir.
-Recuerda lo que sucedía cuando eras niño— le decía Mary Sarojini. ¿Qué hacía tu madre cuando te lastimabas?
Lo tomaba en sus brazos, le decía Mi pobre niño, mi pobre niñito.
-¿Hacía eso?— Mary habló con un tono de escandalizado asombro. ¡Pero es espantoso! Es la mejor forma de hacerlo permanente.
-Mi pobre niñito— repitió, burlona; debe de haberte seguido doliendo durante horas enteras. Y es seguro que no lo olvidabas nunca.
Will Farnaby no ofreció comentario alguno; permaneció echado en silencio, sacudido por irreprimibles estremecimientos.
-Bueno, si no lo haces tú, lo haré yo en tu lugar. Escucha, Will: había una serpiente, una gran serpiente verde, y tú casi la pisaste. Casi la pisaste, y te dio un susto tan grande, que perdiste el equilibrio y caíste. Y ahora dílo… ¡Dílo!
-Casi la pisé— susurró él obediente. –Y entonces… -No pudo decirlo.
-Y entonces caí— pronunció al cabo, con voz casi inaudible.


Del libro titulado La isla (1962)
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Ahora me doy cuenta de que el encanto verdadero de la vida intelectual reside en su facilidad, en la sustitución, por simples esquemas intelectuales, de las complejidades de la realidad (…) Es mucho más fácil saber muchas cosas, por ejemplo, sobre la historia del arte y tener ideas profundas sobre la metafísica y la sociología que conocer personal e intuitivamente a los hombres y tener relaciones satisfactorias con sus amigos, su amante, su mujer o sus hijos.


La vida de una época puede ser sintetizada solamente por los poetas.
De fuente desconocida,
citado por André Maurois en el libro titulado Mágicos y lógicos

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Aldous Leonard Huxley
(1894-1963)

martes, 3 de julio de 2007

Estudio breve -pero contundente- sobre el Trascendentalismo y sus principales figuras, mentores y protagonistas / PRIMERA ENTREGA

NOTA INTRODUCTORIA
Estos apuntes sobre el Trascendentalismo resumidos y retocados por mí, los iba a destinar a una o dos clases de un supuesto Taller Literario que iba a dictar sobre el tema, pero me impuse un estudio tan desmesurado de la literatura mundial -movimientos, generaciones, etcétera-, que sólo abarqué el comienzo, y luego lo abandoné, por ende, no hubo Taller, pero sí estudio, eh, eso sí...
Los fascículos del CEAL fueron impresos en los primeros años de la década del setenta, y se vendían en toda Latinoamérica. El nivel de los redactores era muy superior, a mi entender, comparándolos con los redactores y narradores de hoy en día de los suplementos culturales de los periódicos o revistas de cultura.
Durante la última dictadura militar en Argentina (1976-1983), los depósitos y archivos y papeles del Centro Editor de América Latina fueron incendiados por los propios militares del Ejército Argentino. El año pasado la Revista de Cultura Ñ publicó en tapa una foto en donde se ve una montaña de libros incendiándose, y alrededor de la montaña los efectivos militares, viendo cómo se quemaba lo mejor de la cultura...
Trascendentalismo

Los fragmentos fueron extraídos del Capítulo 21 de La historia de la literatura mundial editada por el Centro Editor de América Latina –CEAL—. Fueron resumidos y retocados por el recopilador para darle coherencia e hilaridad.


Contexto histórico, político y económico

El siglo XIX estadounidense se caracteriza por un creciente proceso de expansión territorial, cuyo corolario económico será la consolidación del sistema capitalista, que durante la segunda mitad del siglo pasa desde la etapa de libre competencia hacia la del capitalismo monopolista (…) Por su parte, el proceso de expansión territorial reconocerá métodos variados: la compra de posesiones a Estados europeos –Florida a España, Louisiana a Francia—; la anexión directa de las tierras habitadas por los pieles rojas, con la consiguiente eliminación de éstos; la mutilación, por medio de la lucha armada, del vecino país de México. Así, al llegar el año 1860, la Unión abarcaba ya treinta Estados. Sin embargo, la situación interna no dejó de mostrar fisuras: cuando se trató de decretar la abolición de la esclavitud, once Estados agrícolas del Sur, dominados por una oligarquía terrateniente que imponía un régimen feudal, fundaron su propia Confederación, separándose de este modo de la Unión. Este enfrentamiento trajo como consecuencia la guerra civil o Guerra de Secesión, que duró cuatro años (1861-1865) y culminó con la victoria del Norte, presidido por Abraham Lincoln, que habría de suprimir la esclavitud. Esta lucha intestina produjo grandes cambios económicos; entre otros, la gradual industrialización del Sur y la división de la propiedad agrícola de sus Estados. Restablecido el poderío económico y la unidad política, el país inició una vertiginosa carrera hacia la riqueza.

Situación de la literatura del período

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la literatura estadounidense consigue liberarse de sus tendencias primeras: la ciega imitación o el rechazo ciego de los modelos europeos, logrando así incorporarse, con autenticidad y vigor, al caudal de la literatura mundial. Pero para afianzar su rango internacional, esta literatura debía coadyuvar a la consolidación de ciertas características nacionales: así, por ejemplo, debía apoyarse, a partir de los elementos constitutivos del pasado –elementos teológicos y culturales en general—, en una filosofía que sirviera de base de sustentación a la democracia tal como entonces se la practicaba en los Estados Unidos. Este movimiento teórico, del que prácticamente habría de nutrirse toda la literatura norteamericana de la época, fue el Trascendentalismo, surgido en Nueva Inglaterra entre 1815 y 1836. En este último año se publica Naturaleza, de Emerson, expresión sistemática, quizá la más representativa del Movimiento Trascendentalista. El Movimiento se expandió como una protesta contra la dependencia cultural de los Estados Unidos respecto de Europa y como un análisis de las bases espirituales y las implicancias morales de la nueva democracia. Los efectos del Movimiento –que alcanzó su culminación en los escritos de Emerson, Thoreau y Alcott e influyó, de una u otra manera, en Hawthorne, Melville y Whitman— fueron profundamente revitalizadores para la literatura y el arte norteamericanos, y lo fueron también para esa misma democracia, cuyos fundamentos se proponía estudiar.

Las fuentes de esta doctrina pueden rastrearse en sus diversos orígenes: ciertos aspectos del puritanismo, la ideología igualitaria y humanitarista de la Revolución, la filosofía europea contemporánea –en particular la corriente del idealismo alemán: Fichte, Schelling, Hegel; o espiritualistas como Schleirmacher o Swedenborg—, el neoplatonismo, el misticismo oriental y, notoriamente, el pensamiento de Coleridge y Carlyle.

Al puritanismo en su sentido más amplio, el Trascendentalismo debió su moral, su tendencia a subordinarlo todo a los valores éticos. Para el Movimiento Trascendentalista, el hombre –más precisamente, su alma— será el centro espiritual del universo; sólo en él se encuentra la clave de la historia, de la naturaleza y del universo mismo. Esto se manifiesta muy claramente en el principio trascendentalista de que la estructura del universo duplica literalmente la estructura del yo individual [Nota del recopilador: Esta idea hace recordar a otra idea expuesta mucho tiempo antes por Hermes Trismegisto: Como es el macrocosmos es el microcosmos, y como es el microcosmos es el macrocosmos]. Al mismo tiempo, la virtud y la felicidad individuales dependen de la autorrealización, y ésta, a su vez, depende de la conciliación armónica de dos tendencias psicológicas universales: el impulso expansivo, de trascendencia del yo, y el impulso de autoafirmación personal, el deseo de ser un individuo único. La teoría del yo, expuesta por Colerigde y otros pensadores europeos, fue adoptada por los trascendentalistas para tratar sobre todo de explicar lo que se consideraba el objetivo central y el dilema de la democracia. Esta, en tanto doctrina política y moral, implicaba por un lado una ética individualista extrema, que preservara para el individuo el grado máximo de libertad y autoexpresión. Los integrantes de este movimiento sostenían la creencia de que la verdad suprema se halla en el alma y puede ser descubierta mediante la luz interior. El Trascendentalismo hace de cada cosa el reflejo de una realidad superior. Teodoro Parker (1810-1860), figura destacada del movimiento, afirmaba entre otras cosas: Derribar lo falso, facilitar lo necesario y ordenar lo justo. Para entender ésta y otras afirmaciones igualmente presuntuosas del Trascendentalismo, habría que insistir en una relación ya apuntada: su carácter de ideología del sistema político-económico entonces vigente, el capitalismo de libre competencia en su período de máximo esplendor, cediendo paso a una tendencia más orgánica y concentracionista –la que luego expresaría a nivel teórico el pragmatismo, la ideología del capitalismo monopolista—. Por el momento, los trascendentalistas se muestran individualistas extremos, muy espiritualistas, aunque defensores a la vez del ímpetu expansivo, del quehacer práctico, aún del comercio –que para Emerson constituye el origen de la libertad—, optimistas y confiados en el futuro.

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Ralph Waldo Emerson
(1803-1882)

Ensayista y poeta estadounidense, primer autor angloamericano que influyó en el pensamiento europeo. Nació en Boston el 25 de mayo de 1803. Siete antepasados fueron pastores de la iglesia, y su padre, William Emerson, fue pastor de la Iglesia unitaria de Boston. Se graduó en la Universidad de Harvard a los dieciocho años y dio clases en Boston durante los siguientes tres años. Estudió teología en la Harvard Divinity School y en 1829 fue ordenado pastor siguiendo los pasos de su padre. Se casó con Ellen Tucker, que murió diecisiete meses después. En 1832 dimitió de su cargo pastoral tras declarar que había dejado de considerar la comunión como sacramento y no podía continuar administrándola. El día de Navidad de 1832 inició una gira por Europa; en Inglaterra conoció a personalidades literarias como Samuel Taylor Coleridge, Thomas Carlyle y William Wordsworth. Su encuentro con Carlyle fue el comienzo de una larga amistad. Regresó en 1833 y se estableció en Concord, Massachusetts. Empezó a dar clases en la Universidad de Boston. Sus discursos, sobre temas como filosofía de la historia, cultura humana, vida humana y la época actual, estaban basados en material de sus Diarios –publicados póstumamente de 1909 a 1914—, observaciones y notas que empezó a escribir cuando fue estudiante en Harvard. Su declaración de creyente más detallada la reservó para su primer libro publicado, Naturaleza (1836), que aunque lo publicó anónimamente, en seguida se supo quién lo había escrito. En su momento el libro no llamó mucho la atención, pero está considerado como su obra más original e importante, en la que brinda la esencia de su poética del Trascendentalismo, que es una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico. El año siguiente aplicó estas ideas a los problemas culturales e intelectuales en su discurso El estudioso americano, pronunciado ante la Phi Beta Kappa Society de Harvard. Un segundo discurso, denominado Discurso al College de Divinity pronunciado en 1838 ante los licenciados del Divinity College de la Universidad de Cambridge, levantó una importante controversia por su ataque a la religión oficial y defensa de la experiencia religiosa intuitiva e independiente. En su primer libro de Ensayos (1841) reunió sus conferencias más famosas, entre las que destaca Autoconfianza, que se convirtió en la base teórica del individualismo democrático. En esa época escribió para The Dial, el periódico del Trascendentalismo de Nueva Inglaterra, que se fundó en 1840 y se cerró en 1844. En 1846 se publicó su primer libro de Poemas. Volvió a salir del país en 1847 para dar conferencias en Inglaterra, donde Carlyle le recibió calurosamente. Varios de sus discursos –retratos sobre grandes personajes como Napoleón, Platón o Goethe— se editaron después en Hombres representativos (1850), una obra que recuerda a Héroes (1840) de Carlyle. Su viaje por el extranjero le inspiró un brillante libro de viajes titulado Rasgos ingleses (1856). Sus diarios íntimos ponen de manifiesto su creciente interés por los asuntos nacionales, y a su regreso a los Estados Unidos abogó activamente por la causa abolicionista, pronunciando muchas conferencias en contra de la esclavitud. El sentido de la vida (1869), que fue el primero de sus libros que tuvo un éxito inmediato, incluye los ensayos Poder, Riqueza, Destino y Cultura. Después publicó un libro de poemas titulado Día de mayo y otros poemas (1867). Aunque a partir de entonces escribió poco y su capacidad intelectual declinó, su reputación como escritor se extendió. Sociedad y soledad (1870) también es una colección de conferencias, y en Parnaso (1874) reunió sus poemas favoritos. Otras obras son Cartas y objetivos sociales (1876) e Historia natural del intelecto (1893). Murió en Concord el 27 de abril de 1882.

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H. D. Thoreau opina sobre Emerson:

Emerson posee ciertos talentos inigualados. Nadie expresó con más holgura, precisión y método, lo divino en el hombre. Su influencia personal sobre los jóvenes es más preponderante que la de cualquier otro pensador. En su universo todos serían poetas, reinaría el amor, triunfaría la belleza, el hombre y la naturaleza vivirían armónicamente.
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Henry David Thoreau

Durante la permanencia de Emerson, Concord se convirtió en el centro intelectual de los Estados Unidos; en torno a la revista Dial, que duró de 1840 a 1844, se reunieron Margarita Fuller Ossoli (1810-1850), apóstol del feminismo en los Estados Unidos, el poeta teósofo Jones Very (1813-1880), el filósofo y pedagogo Amos Bronson Alcott (1799-1888) y otros entusiastas del Trascendentalismo. Durante dos años, fue director de The Dial Henry David Thoreau (1817-1864), nacido en Concord de una familia de origen francés. Estudió en Harvard y luego trató de ganarse la vida como maestro de escuela y vendiendo lápices, pero al poco tiempo ingresó al círculo de Emerson en la aldea de Concord, viviendo en casa de éste durante mucho tiempo, unidos por una profunda amistad. Thoreau fue el primer hombre que vio a la naturaleza, en el sentido literal usado por Emerson, como una manifestación de la energía universal en la que el hombre desempeña el papel de la inteligencia. Exploró el interior de Massachussetts, remontó los ríos Concord y Merimac, hizo viajes a Meine y a Cape Concord para estudiar los fenómenos de los bosques, las corrientes del agua y la costa marítima. Luego, cuando la doctrina de la naturaleza de Emerson ya resonaba en el aire, y en Concord los trascendentalistas trataban de encontrar la unión con las leyes de la naturaleza, y realizaban sus experimentos sociales, Thoreau se estableció en un bosque cerca de Concord, en las orillas de la laguna Walden, y durante dos años vivió una vida solitaria, basada en un autoabastecimiento casi total. De estos primeros viajes surge Una semana en los ríos Concord y Merimac (1845) y Walden (1854), que en realidad corresponde a un breve extracto de sus Diarios, enorme masa de apuntes, ensayos, descripciones y meditaciones que fueron publicadas en su totalidad sólo póstumamente. Walden constituye el relato de esos dos años pasados en plena naturaleza con todo lo que esto implica, incluyendo los esfuerzos de tipo práctico necesarios para sobrevivir. Puede también considerarse como el testimonio de la demostración experimental de una teoría: que la vida puede vivirse en un medio menos complejo, atestado y placentero que el habitual. Las observaciones filosóficas de que está salpicado el libro pueden considerarse como fruto principal del experimento. Estas observaciones son, más que adhesiones al Trascendentalismo, observaciones de carácter individual. El mérito principal de Walden lo constituyen sus descripciones de la naturaleza, llenas de autenticidad y de primitiva belleza.

Defensor de la abolición de la esclavitud, Thoreau produjo tres ensayos acerca del tema: Desobediencia civil (1849), La esclavitud en Massachussetts (1854) y La defensa del capitán John Brown (1859), valerosos y hasta violentos. En general, sin embargo, su actitud con respecto al gobierno, así como a toda empresa social que implicara cooperación, era de no participación. La crítica social de Thoreau apunta, sobre todo, al excesivo empleo de tiempo y energía pagado como tributo al desarrollo industrial y a la acumulación de riquezas. Thoreau amaba, sin embargo, ese desarrollo y esas riquezas, pero insistía en que el precio que se pagaba por ellas era demasiado elevado.
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Otros escritores del período

Nathaniel Hawthorne

Entre los años 1840 y 1860, es la voz profética de Emerson la que dirige indiscutiblemente el movimiento cultural de los Estados Unidos. Desde luego, no un creador sino más bien un teorizador, su hombre que piensa, su confianza en sí mismo, van delimitando un panorama y marcando huellas que luego otros seguirán. Muy cerca suyo, en la misma Concord, vivirá un creador que, repudiando el Trascendentalismo y el experimento social de Brooks Farm, del cual será en un momento esperanzado partícipe, se referirá siempre con ironía a este movimiento y no buscará ya un derrotero para conducir a su país, sino que, recogiendo la pesada herencia del puritanismo, la elaborará para dotar a éste de una conciencia moral, no visionaria y proyectada hacia el futuro, sino introspectiva y angustiada.

Nathaniel Hawthorne nace en 1804 en la antigua ciudad de Salem, Massachussetts, viejo centro y capital del puritanismo de Nueva Inglaterra. A los diecisiete años ingresa en la Universidad de Maine, donde conoce a Longfellow y a Franklin Pierce, el futuro presidente de los Estados Unidos. Tras su graduación, Hawthorne debió dedicarse a gran número de tareas para ganarse la vida. Solitario por hábito y por inclinación, vivió retraído durante toda su vida, salvo el intervalo que, en 1841, lo llevó a establecerse en la comunidad de Brooks Farm, que habían fundado los adeptos al Trascendentalismo en Massachussetts, y cuyos esfuerzos eran observados con ironía y escepticismo por los propios Emerson y Thoreau. De esta experiencia volvió Hawthorne decepcionado, convencido de que el Trascendentalismo era una abstracción imposible. Nunca –escribiría después— fue infestada una pobre aldea campesina de tal variedad de estrafalarios seres extrañamente vestidos y que se conducían de manera rara, la gran mayoría de los cuales había asumido el papel de instrumentos importantes del destino del mundo, si bien eran, simplemente, unos grandísimos majaderos.

En 1828 publica su primera novela, Fanshawe. La obra pasó prácticamente inadvertida. Entre tanto, Hawthorne realiza otros trabajos editoriales para sobrevivir escribiendo diversos libros para niños. Alterna estas tareas con un empleo que obtiene más adelante en la Aduana. Su segunda novela, La letra escarlata, pertenece a 1850, y La casa de los siete tejados al siguiente, y es durante esos años cuando, durante su estadía en las montañas de Berkshire, se desarrolla su amistad con Melville. El romance de Blithedale, novela que relata su experiencia en Brooks Farm, es de 1852, y ese mismo año, como recompensa por haber escrito una biografía propagandística para la campaña política de su amigo Franklin Pierce, Hawthorne es enviado a
Liverpool en calidad de cónsul.

Nuestra vieja casa, que contiene agudas observaciones sobre su estadía en Inglaterra es de 1863, y El fauno de mármol, novela ambientada en Italia, es de 1860. Dos son los elementos fundamentales de la vida de Hawthorne que contribuyen con mayor intensidad a plasmar las preocupaciones, la temática, la atmósfera de sus creaciones literarias: la impronta indeleble de su marcada herencia puritana, el aislamiento y la retracción impuestas por su vida familiar y su propio carácter. De la primera, devendrá su obsesión, reflejada en toda su obra, por el problema del mal. La segunda será la que, apartándolo de la vida le permitirá una intensa elaboración introspectiva de estas obsesiones, pero también la que lo llevará a decir, algo tristemente, a su amigo Longfellow: En virtud de uno u otro sortilegio –pues realmente no puedo atribuirle ningún por qué y por lo cual razonable— he sido apartado de la corriente principal de la vida, y hallo imposible volver a ella… Me he alejado de la sociedad, y, no obstante, nunca me propuse tal cosa... He hecho de mí un cautivo, y me he metido en un calabozo, y ahora no puedo encontrar la llave para salir de él… No hay en este mundo destino tan horrible como no participar en sus alegrías y penas. Durante los últimos diez años no he vivido, sino sólo soñado con la vida.

La preocupación central de Hawthorne será, pues, el problema del pecado, la inevitabilidad del mal y la consecuente culpabilidad del hombre. Esta preocupación aparecerá en todas sus obras, ya sea en aquellas que recreen la atmósfera marcadamente puritana de la primitiva Nueva Inglaterra, como en las de atmósfera contemporánea.


Ningún escritor, sin haberlo intentado él mismo, puede concebir cuáles son las dificultades que entraña escribir una novela acerca de un país cuando no existen sombras, ni antigüedad, ni misterio, ni tenebroso mal, ni nada sino una vulgar prosperidad, a la luz del sol, tal como, felizmente, es el caso de mi querida tierra natal.

Todo lo que aísla, condena; todo lo que asocia, salva.

Nathaniel Hawthorne


Otras obras del autor: Septemius Felton (1872); El romance de Dolliver (1876); El secreto del doctor Grimshawe (1883); La pisada central (1870).

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lunes, 2 de julio de 2007

Algunos párrafos narrativos para recordar a Henry Miller, un escritor surgido del barrio de Brooklyn...

NOTA INTRODUCTORIA
por El Corresponsal:
Si tuviera que preparar una antología de fragmentos narrativos de la obra de Miller, no elegiría precisamente éstos que ahora entrego, pero resulta que estos eran los que ya estaban tipeados, y los mejores, a mi entender, no los tengo tipeados, sino subrayados en los libros; sólo faltaría trasladarlos a la máquina, pero con estos fragmentos se puede ir tirando... Y de paso lo recordamos y lo traemos al presente, para todos, en las páginas de El Contemporáneo...
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Por qué voy a trabajar, qué voy a hacer esta noche, escapa y hazte vaquero, prueba la suerte en Alaska, las minas de oro, apéate y da la vuelta, no te mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte, el río, acaba con todo de una vez, hacia abajo, hacia abajo, como un sacacorchos, la cabeza y los hombros en el fango, las piernas libres, los peces vendrán a morder, mañana una vida nueva, dónde, en cualquier parte, por qué empezar de nuevo, en todas partes lo mismo, la muerte es la solución, pero no te mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte, una cara nueva, un nuevo amigo, millones de oportunidades, eres muy joven todavía, estás melancólico, no mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte…
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Iba caminando por un bosque de piedra cuyo centro era el caos, bailaba o bebía hasta atontarme, o hacía el amor, o ayudaba a alguien, o planeaba una nueva vida, pero todo era caos, todo piedra, y todo irremediable y desconcertante. Hasta el momento en que encontrara una fuerza suficientemente grande como para sacarme como un torbellino de aquel demencial bosque de piedra, ninguna vida sería posible para mí ni podría escribirse una sola página que tuviera sentido.
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Sentía lástima de la raza humana, de la estupidez del hombre y de su falta de imaginación (…) Todas aquellas malditas casas, una tras otra, todas, y todas tan vacías y tan tristes. Magníficos adoquines bajo los pies y asfalto en la calzada y escaleras de una elegancia bella y horrenda para subir a las casas, y sin embargo, un tipo podía caminar de un lado para otro todo el día y toda la noche sobre esos costosos materiales y estar buscando un mendrugo de pan. Eso era lo que me mataba. Su incongruencia. Si por lo menos pudiera uno salir con una campanilla y gritar: Escuchen, escuchen, señores, soy un tipo hambriento. ¿Quién quiere que le lustren los zapatos? ¿Quién quiere que le saquen la basura? ¿Quién quiere que le limpien las tuberías? Si por los menos pudieses salir a la calle y expresárselos así de claro. Pero no, no te atreves a abrir el pico. Si le dices a un tipo en la calle que estás hambriento, le das un susto de muerte y corre como alma que lleva el diablo. Eso es algo que nunca he entendido. Y sigo sin entenderlo. Todo es tan sencillo: basta con que digas Sí, cuando alguien se te acerque. Y si no puedes decir Sí, cógelo del brazo y pide a algún otro tipo que te ayude. La razón por la que tienes que ponerte un uniforme y matar a un hombre que no conoces, simplemente para conseguir un mendrugo de pan, es un misterio para mí. En eso es en lo que pienso, más que en la boca que se lo traga o en lo que cuesta. ¿Por qué cojones ha de importarme lo que cuesta una cosa? Estoy aquí para vivir, no para calcular…
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Nos encontramos en la misma playa ante el mismo océano poderoso. Ahí está… in perpetuum. Tanto en un capullo roto, en el estruendo de una catarata, en la caída en picada de un ave sobre una carroña, como en la atronadora artillería del profeta. Nos movemos con los ojos cerrados y los oídos tapados: derribamos muros en los que hay puertas que esperan ser abiertas al tacto; buscamos a tientas escaleras, olvidando que tenemos alas; rezamos como si Dios estuviera sordo y ciego, como si estuviese en un espacio. No es de extrañar que no reconozcamos a los ángeles que andan entre nosotros.
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Deseaba algo de la tierra que no fuera producto del hombre, algo absolutamente separado de lo humano, de lo cual estaba harto. Deseaba algo puramente terrestre y absolutamente despojado de idea. Quería sentir la sangre corriendo de nuevo por mis venas, aún a costa de la aniquilación. Quería expulsar la piedra y la luz de mi organismo. Deseaba la oscura fecundidad de la naturaleza, el profundo pozo de la matriz, el silencio, o bien los lamidos de las negras aguas de la muerte. Quería ser esa noche que el ojo despiadado iluminaba, una noche esmaltada de estrellas y colas de cometas. Pertenecer a la noche, tan espantosamente silenciosa, tan absolutamente incomprensible y elocuente al mismo tiempo. No volver a hablar ni a oír ni a pensar nunca más (…) Verme desintegrado, despojado de la luz y de la piedra, variable como una molécula, duradero como el átomo, despiadado como la propia tierra…
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Desde mi puestito en Sunset Place, podía observar a vista de pájaro toda la sociedad americana. Era como una página de la guía de teléfonos. Alfabética, numérica, estadísticamente, tenía sentido. Pero cuando la mirabas de cerca, cuando examinabas las páginas por separado, o las partes por separado, cuando examinabas a un solo individuo y lo que lo constituía, el aire que respiraba, la vida que llevaba, los riesgos que corría, veías algo tan inmundo y degradante, tan bajo, tan miserable, tan absolutamente desesperante y sin sentido, que era peor que mirar dentro de un volcán.

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Mantener la mente vacía es una proeza, una proeza muy saludable. Estar en silencio todo el día, no ver ningún periódico, no oír ninguna radio, no escuchar ningún chisme, abandonarse absoluta y completamente a la pereza, estar absoluta y completamente indiferente al destino del mundo, es la más hermosa medicina que uno puede tomar. Poco a poco se suelta la cultura libresca, los problemas se funden y se disuelven, los ligámenes se rompen; el pensamiento, cuando uno se digna entregarse a él, se hace muy primitivo; el cuerpo se transforma en un nuevo y maravilloso instrumento.
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El esfuerzo por eliminar los aspectos repulsivos de la existencia, que es la obsesión de los moralistas, no sólo es absurdo sino también fútil. Acaso uno logre reprimir feos pensamientos y deseos, impulsos pecaminosos, pero los resultados son patentemente catastróficos.
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[Estos fragmentos en prosa pertenecen a las novelas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, y fueron publicadas como complemento a un artículo biográfico sobre el autor estadounidense en la revista Aquí y Ahora Nº 1, de junio de 2002 .]

domingo, 1 de julio de 2007

Fragmentos autobiográficos en prosa de una novela de Jack Kerouac que ya no se consigue... "Ángeles de Desolación" -"Desolation Angels"-

Mi vida es un vasto poema épico sin consecuencias, con mil millones de personajes…
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Canoa, remo, lago a la luz de la luna, lobo en la colina, flor, pérdida. Montón de leña, silo, caballo, raíl, verja muchacho tierra. Lámparas de aceite, cocina, granja, manzanas, peras, casas encantadas, pinos, viento, medianoche, viejas mantas, desván, polvo. Valla, hierba, tronco de árbol, sendero, viejas flores mustias, viejas cascarillas de maíz, luna, trocitos de nube coloreada, luces, almacenes, calle, pies, zapatos, voces, ventanas, escaparates, puertas abriéndose y cerrándose, ropas, calor, azúcar, frío, excitación, misterio…
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Y ahora, tras la experiencia en la cumbre de la montaña, donde estuve solo durante dos meses sin que ningún ser humano me interrogara o mirara y donde empecé mi completo cambio de actitud respecto a mis sentimientos en la vida, ahora deseaba una reproducción de aquella paz absoluta en el mundo de la sociedad, pero estaba secretamente ansioso de algunos de los placeres de la sociedad –tales como espectáculos, sexo, comodidades, manjares delicados y bebidas—, pues no hay cosas tales en un monte. Ahora sabía que mi vida era una búsqueda de paz como artista, pero no sólo como artista. Como hombre contemplativo más bien que muy activo, en el antiguo sentido chino Tao del No Hacer Nada (Wu Wei), que es en sí mismo una forma de vida más bella que ninguna otra, una especie de fervor claustral en medio de una loca algarabía de buscadores de acción de esta clase o aquella en un mundo moderno. Había que demostrar que yo era capaz de no hacer nada aún en medio de la más ruidosa sociedad a que llegara después de descender del monte, del Estado de Washington a San Francisco, como ya se ha visto, donde pasé aquella semana de carruseles de borracheras –como dijo Cody una vez— con los ángeles de desolación, los poetas y los representantes del Renacimiento de San Francisco. Una semana, y no más, tras la cual –con una enorme resaca y, claro está, algunas dudas—, aguardé al mercancías que se dirigía a L.A., y puse rumbo hacia el Antiguo México y hacia una nueva clase de soledad en una chabola de la ciudad.
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Es bastante sencillo comprender que como artista necesito soledad y una especie de filosofía del no hacer nada que me permita soñar todo el día e hilar capítulos en olvidados ensueños que emergen años después en forma de narración. A este respecto, es imposible, puesto que es imposible que todos sean artistas, recomendar mi forma de vivir como una filosofía adecuada para todos los demás. Respecto a esto, soy un viejo ser extraño, como Rembrandt. Rembrandt era capaz de pintar a sus atareados burgueses mientras posaban, tras la comida, pero a medianoche mientras aquellos dormían para descansar y prepararse para un nuevo día de trabajo, el Viejo Rembrandt estaba levantado en su estudio poniendo sobre sus lienzos ligeras pinceladas de oscuridad. Los burgueses no esperaban de Rembrandt que fuera otra cosa sino un pintor, y por ello no iban a llamar a su puerta a medianoche a preguntar ¿Por qué vivís así, Rembrandt? ¿Por qué estáis solo esta noche? ¿Qué soñáis? Y no esperaban que Rembrandt diera media vuelta y les contestara: Debéis vivir como yo, en la filosofía de la soledad, no hay otra forma. Así, del mismo modo, estaba yo a la búsqueda de una tranquila forma de vida dedicada a la contemplación y a las delicias de ella, por causa de mi arte –en mi caso, prosa, cuentos, divagaciones narrativas de lo que veía y cómo lo veía—, pero también busqué esto como una forma de vida, es decir, para contemplar el mundo desde el punto de vista de la soledad, y para meditar acerca del mundo sin embrollarme en sus acciones, que ya se han hecho para estas fechas, famosas por sus horrores y abominaciones. Deseaba ser un hombre del Tao, que mira las nubes y deja que la historia se enfurezca bajo él.

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Echadme otra mirada para comprender mejor la historia (ahora estoy emborrachándome): soy hijo de una viuda que en este momento está viviendo con parientes, sin un céntimo. Cuanto poseo es la paga de este verano como atalayero de un monte convertida en lamentables cheques de viajero de cinco dólares, y la grande y abultada mochila llena de jerseys viejos y paquetes de cacahuetes y uvas en lata en caso de encontrarme muriéndome de hambre y todas esas cosas de los vagabundos. Tengo treinta y cuatro años, de aspecto regular, pero con los vaqueros y estrambóticas ropas la gente teme mirarme porque parezco realmente un fugado de algún centro mental con la suficiente fuerza física y un innato sentido perruno para evadirme de una institución tal, alimentarme e ir de acá para allá en un mundo que cada vez va haciéndose más pequeño en sus ideas sobre la excentricidad. Caminando por ciudades del centro de América conseguí que me contemplaran con asombro. Tenía que vivir a mi modo. La expresión inconformismo era algo que había oído vagamente en alguna parte (¿Adler? ¿Erich Fromm?) Pero estaba decidido a estar contento. Dostoievski decía: Dad a un hombre su Utopía y la destruirá deliberadamente con una sonrisa, y yo estaba decidido, con la misma sonrisa ¡a desmentir a Dostoievski! También era yo un notorio alcoholizado que explotaba donde se emborrachara. Mis amigos de San Francisco decían que era un lunático Zen, al menos un Lunático Borracho, pero así y todo se sentaban conmigo a la luz de la luna en los prados a cantar y beber. A la edad de veintiún años me echaron de la Marina por personalidad esquizoide tras decir a los doctores que no podía soportar la disciplina. Ni yo mismo puedo entender cómo explicarme. Cuando mis libros se hicieron famosos –Generación Beat— y los entrevistadores intentaban hacerme preguntas, yo les contestaba todo lo que se me ocurría. No tenía valor para decirles que me dejaran en paz, o como Dave Wain diría más tarde –un gran tipo del Gran Sur—: diles que estás ocupado entrevistándote tú mismo. Clínicamente, en el momento de comenzar esta historia, en el tejado de encima de Gaines, yo era un Paranoico Ambicioso. Nada podía evitar que escribiera gruesos volúmenes de prosa y poesía de balde, es decir, sin esperanza alguna de que fueran jamás publicados. Sencillamente, los escribía porque era un Idealista y creía en la Vida y tenía que justificarla con mis más serios garabatos. Cosa curiosa, esos garabatos fueron los primeros de su clase en el mundo, yo estaba originando (¿sin saberlo, decís?) una nueva forma de escribir acerca de la vida, sin ficción, sin estilo, sin conclusiones revisadas, la desgarradora disciplina de la verdadera prueba de fuego de donde uno no puede volverse atrás, si se ha hecho el voto de habla ahora o contén tu lengua para siempre, y toda aquella inocente y lanzada confesión, la disciplina de hacer de la mente la esclava de la lengua, sin posibilidad de mentir o reelaborar (…) Escribí aquellos manuscritos como escribo éste, en baratos cuadernillos a la luz de la vela en la pobreza y la fama.

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Mi vida es un vasto poema épico sin consecuencias, con mil millones de personajes, aquí llegan todos, tan suavemente como giramos hacia el este, tan suavemente como la tierra gira hacia el este.
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[Todos estos fragmentos en prosa pertenecen al libro titulado Ángeles de Desolación de Jack Kerouac, editado en idioma español por Biblioteca Universal Caralt en la década del setenta. Fueron publicados, también, en la Aquí y Ahora Nº 3 de septiembre de 2002, que era una revista de distribución gratuita dedicada mayormente a la literatura. La tirada era de 1000 -mil- ejemplares.]