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sábado, 21 de julio de 2007

Richard O' Connor reveló al verdadero Jack London en una excelente biografía; he aquí algunas partes cruciales para conocer al aventurero escritor...

La fuerza motriz que lo impulsó a producir cincuenta libros en dieciséis años de su carrera profesional fue el insaciable deseo de éxito, con todos sus beneficios. Si en su juventud fue atraído por Marx, también había leído a Horatio Alger, de niño. Quería ver un mundo mejor y radicalmente diferente, pero, entretanto, se proponía firmemente disfrutar de todos los beneficios materiales de una sociedad a la cual creía podrida y corrupta. Estaba orgulloso de ser socialista y revolucionario, pero tenía un ayuda de cámara que lo llamaba Señor Dios sin correr el menor riesgo de ser reprendido. Discutía la revolución que se aproximaba, en su mesa de gran señor. Podía comer el pan proletario y al mismo tiempo el pastel capitalista. El resultado fue una indigestión predecible y fatal. Ya que London era un precursor en más de una manera que la puramente literaria, sin la intención de serlo y sin querer demostrar a través de su propia vida que los frutos de una sociedad materialista pueden ser amargos, demostró que también puede ser cierto que nada frustra tanto al hombre como el éxito. Señaló un cambio en los conceptos trillados. Antes de la primera guerra mundial se creía el hombre próspero vivía feliz siempre. Desde entonces, los héroes de la Leyenda del Éxito han sido condenados a un fin trágico, frustrado; sus luchas, generalmente, terminan en alcohol y en desilusión.
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De todos los héroes y víctimas del éxito norteamericano los escritores son los más propensos al accidente psicológico. Casi ninguna figura literaria notable, desde el principio del siglo, ha escapado a esta suerte. Upton Sinclair ha hecho una lista de los escritores célebres conocidos por él, que han sido mutilados por lo que él llama las garras de John Barleycorn. Todos ellos han sido aclamados y muchos de ellos se han hecho ricos debido a su talento, inclusive el mismo London (…) Si hay una razón definitiva de este fenómeno, este infortunio tan común en el éxito literario es muy posible que se encuentre en la vida y en la obra de London. Casi todo lo que escribió se derivó de su propia experiencia. Muy poco de su vida y de sus pensamientos lo escondió de su público. Vivió en un acuario construido por él mismo, en el cual se colocó en exhibición, noche y día, durante las épocas buenas y las malas, hasta la última hora de su existencia.
Fue su habilidad para llevar a cabo la transmutación de la vida a la literatura, los hechos aventureros y ásperos de su propia existencia, lo que impide hoy que los libros de Jack London se empolven en las bibliotecas. Nadie ha captado mejor esta cualidad de London que el crítico inglés Stephen Graham, quien escribió en The Death of Yesterday: Es un escritor viviente. Sus libros se seguirán leyendo cuando muchas grandes obras de arte de hoy no sean más que nidos de polvo. Es inferior a Conrad, pero más grande… Es el escritor del hombre joven. Entre él y la juventud, vuela una chispa viviente. Tiene el poder de animar y poner en marcha lo que todavía está quieto e inmaduro… No escribió para los Estados Unidos perfectos, sino para los Estados Unidos aún sin terminar.
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Muy pronto descubrió lo que constituiría el personaje central de su obra. Como en muchos escritores de altura, ese personaje era él mismo.
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Tal como la vio posteriormente, su lucha durante el invierno de 1898 a 1899 por escribir algo que compraran las revistas y los periódicos hubiera sido menos penosa, de haber conocido a alguien que le hubiera servido de guía. No conocía a nadie que se ganara la vida escribiendo, ni siquiera a un escritor profesional tan secundario como un periodista. No había nadie que leyera su manuscrito y le dijera en dónde se había apartado de las reglas. También le molestaba que a pesar de haber perdido un poco de tiempo en la escuela secundaria y en la universidad tendría que olvidar casi todo lo que ahí había aprendido acerca de literatura. Sus profesores, decía, a pesar de ser tan eruditos en las sutilezas y refinamientos de la prosa en inglés, sencillamente no sabían nada en 1899 acerca de los problemas prácticos de escribir y vender lo escrito. Si hubieran sabido algo, hubieran abandonado sus aulas y estarían golpeando sus máquinas de escribir. Tampoco podía sacar provecho del rechazamiento de sus manuscritos. Las notas que recibía con ellos, casi invariablemente, eran cartas ya hechas, que no le indicaban en dónde había fallado, o cómo podría hacer sus cuentos más aceptables.
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Desde el principio, su enfoque fue estrictamente profesional. Escribir por otra cosa que no fuera dinero le parecía ridículo. Para él, era un trabajo duro, aun en aquella época, y lo fue más duro posteriormente. En lo que a él se refiere, desconoció la alegría de crear. Insistía en que la única cosa que le proporcionaba alegría al escribir era abrir apresuradamente los sobres con los cheques de los editores. Desde el principio estuvo convencido de que la alegre fiebre de la composición creadora, era exclusivamente de aficionados.
Su mira no era llegar hasta la cima de la literatura, sino, como dijo a sus amigos socialistas, producir mil palabras diarias y venderlas a centavo la palabra. Todo eso era mercancía cerebral. No valía la pena hacer nada que no tuviera éxito en el mercado.
Por supuesto, había exceso de protestas en todo esto. Es cierto que al final de su carrera escribir se convirtió para él en una tarea agotadora. Sin embargo, en sus primeros años de escritor la sola calidad de su prosa –su vehemencia, su vitalidad, su ritmo ondulante— indicaban que debió haber encontrado por lo menos un deleite momentáneo en su trabajo. Quizá haya sido la satisfacción del artesano, más bien que el embeleso del poeta; pero ni el escritor más mercenario puede producir una frase excelente sin felicitarse a sí mismo.
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Ya con una reputación y algo de celebridad en la localidad, podía imponer respeto a sus acreedores, para que le dieran más tiempo. En una casa grande, era más fácil vivir por encima de sus medios que en los cuartos de una vivienda. Continuó escribiendo cuentos, ideando empresas más grandes y, por dinero contante y sonante, convino en escribir una serie de artículos para el suplemento dominical del Examiner de San Francisco, sobre temas que variaban desde boxeadores profesionales hasta una borrachera con cerveza alemana. Había absorbido el credo del hombre que trabaja por su cuenta, de que si uno sigue produciendo y haciendo circular el material en gran cantidad, algo de ello tiene que encontrar acomodo.
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El Daily News de Yale informó que Jack había dicho que en todo el mundo existían siete millones de hombres que luchaban por derrocar al capitalismo. Estos hombres se llaman entre ellos camaradas, mientras luchan hombro con hombro, bajo el estandarte de la rebelión… La revolución está aquí, ahora. ¡Deténgala quien pueda!
El también había asistido a la universidad, dijo, y la encontró limpia y noble, pero no encontré la universidad viva… Y el reflejo de esta universidad ideal que encontré fue el conservadurismo, el desinterés del pueblo norteamericano por aquellos que sufren, que están necesitados. Así, me interesé en el intento de incitar en la mente de los jóvenes de nuestras universidades un interés en el estudio del socialismo… Si los universitarios no pueden luchar con nosotros, queremos que luchen contra nosotros, que luchen sinceramente contra nosotros, por supuesto. Pero lo que no queremos es lo que se obtiene hoy y lo que se ha obtenido en el pasado de la universidad; sólo un amortecimiento, falta de interés, e ignorancia en lo que se refiere al socialismo. ¡Luchen por nosotros, o luchen contra nosotros! ¡Levanten su voz, de un modo o de otro! ¡Tengan vida!
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Jack les dijo: Se ha confiado el mundo a ustedes; y ustedes lo han embrollado y administrado mal. A pesar de sus jactancias, ustedes son incompetentes. Hace un millón de años, el hombre de las cavernas, sin herramientas, con un cerebro pequeño y con nada, excepto la fuerza de su cuerpo, pudo alimentar a su mujer e hijos. Ustedes, armados con todos los medios modernos de producción, que multiplica un millón de veces la capacidad productiva del hombre cavernario; ustedes, incompetentes y atolondrados, son incapaces de asegurar a millones de gente siquiera la mezquina cantidad de pan que sostendría su vida corporal. ¡Han administrado mal al mundo y éste les será arrebatado!
Por la impresión que daba Jack, antes de regresar a California, a principios de febrero, parecía estar prometiendo una revolución antes del desayuno. La revolución está aquí, ahora. ¡Deténgala quien pueda! Parecía que el espíritu de insurgencia lo había inflamado. A pesar de todos sus pregones desde la tribuna, sus propios planes, para el futuro cercano, incluían muy poca actividad revolucionaria. Su único deseo era alejarse de todo, recluirse en la Posada Wake Robin, de la cual le arrendaban una parte la señora Eames y Edward Payne, y concentrarse en su carrera literaria.

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A mediados del verano trabajaba asiduamente en The Iron Heel, libro que ha sido calificado desde plan detallado del fascismo –Maxwell Geismar— hasta el predecesor de 1984 de George Orwell –Max Lerner—. Ahora es una curiosidad que no se publica desde hace mucho, pero fue uno de los libros más poderosos e influyentes de su tiempo.
De la escena prehistórica de Before Adam, Jack se cambió al futuro, en The Iron Heel. Se pretendía que éste era el manuscrito que había dejado Avis Everhard, esposa del dirigente socialista, como una historia de años imaginarios en que la Oligarquía había aplastado la Revolución del Pueblo. Jack tomó su tema de Our Benevolent Feudalism, de W. J. Ghent, publicado varios años antes, y que preveía la integración completa del capital en una dictadura de mano de hierro.
En esta novela, orientada hacia el marxismo –aún es muy popular en Rusia—, Jack imaginó lo que sucedería cuando los oligarcas gobernaran en los Estados Unidos y aplastaran la oposición socialista. Su héroe, Ernest Everhard, organizó un ejército clandestino llamado Grupos de Lucha, que eran la única espina del lado del Talón de Hierro que éste nunca podría arrancarse. (Por supuesto, Everhard había sido modelado a semejanza del autor, o de lo que Jack se imaginó que sería él como el caudillo de la contrarrevolución socialista. La historia de amor de la novela era la de Charmian y él. Su rancho en el Valle de la Luna era el escenario de la retirada de último recurso de Everhard. Como marxista literario, Jack era todo un culto de la personalidad de un solo hombre).
La confrontación de Everhard con los oligarcas, en su cuartel general de San Francisco, era una de las escenas más conmovedoras de la novela. Everhard les advierte que tiene tras él a veinticinco millones de proletarios militantes, listos para oponerse a la oligarquía de la economía y la industria. El grito de ese ejército es: ¡Sin cuartel! Queremos todo lo que ustedes poseen. No quedaremos satisfechos con nada menos que con todo lo que ustedes poseen. Queremos en nuestras manos las riendas del poder y el destino de la humanidad. He aquí nuestras manos. Son manos fuertes. Vamos a quitarles su gobierno, sus palacios y todas sus purpúreas comodidades, y desde ese día tendrán que trabajar por su pan, como el campesino en los campos o el empleado hambriento e insignificante de sus metrópolis…
A esto, la Oligarquía responde: Cuando estiréis vuestras manos jactanciosas, para tomar nuestros palacios y nuestras purpúreas comodidades, os enseñaremos lo que es la fuerza. Nuestra respuesta se expresará en el rugir de las bombas y la metralla, y en el gimoteo de las ametralladoras. Pulverizaremos a vuestros revolucionarios bajo nuestro talón y caminaremos sobre vuestros rostros. El mundo es nuestro, nosotros somos sus amos, y nuestro seguirá siendo…
La contrarrevolución socialista termina en una derrota sangrienta y el pueblo queda reducido a la servidumbre. Una de sus tareas consiste en la construcción de la megalópolis de Asgard, la cual es terminada en 1984 –uno se pregunta si esa fecha se grabó en la memoria de George Orwell, quien leyó The Iron Heel, como admirador de London, en su niñez, y que consideraba sus libros como no bien escritos, pero bien dichos.
El diario de Avis Everhard termina con la predicción de que cuando estalle la gran Revolución y el mundo resuene con la marcha pesada, la marcha de millones, será derrocada la Oligarquía y el socialismo triunfará.
The Iron Heel, escrita con todo el ardor y la pasión revolucionaria a la disposición de Jack, apareció poco después que comenzó el pánico de 1907 y no fue un gran éxito, inmediatamente. Con el tiempo se vendieron 66.928 ejemplares en edición encuadernada, en los Estados Unidos. Pero su influencia fue aún más grande de lo que pudieron indicar las cifras. En ella se educó toda una generación de revolucionarios. El intelectual ruso Bukharín la incluyó en su bibliografía de literatura comunista como la única aportación hecha por algún autor norteamericano.
El finado Aneurin Bevan, que la leyó cuando era un muchacho minero, escribió en su autobiografía que, al igual que miles de hombres y mujeres jóvenes de la clase trabajadora de Inglaterra, y como desde entonces he sabido, en muchas otras partes del mundo, él se convirtió al marxismo por The Iron Heel (…) La obra, leída ahora, con todos sus duelos verbales llenos de vulgarismos, entre el protagonista y el oligarca, es en su mayor parte un melodrama sin finura, en el que aparecen personajes que parecen haber salido de folletos, cartelones y proclamas que hablan a gritos y disparan sus ametralladoras de cartón, pero que nunca adquieren vida. Tal vez eso pueda suceder aquí. Si es así, el tiempo ya ha marchitado su credibilidad y sólo será recordado el libro como una curiosidad, para ser puesta junto a la mucho más impresionante novela 1984, de Orwell, la cual, si tenemos suerte, parecerá igualmente una rareza en 2007.

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[Del libro titulado Jack London (Biografía)
Por Richard O’ Connor]

viernes, 6 de julio de 2007

Frases seleccionadas del prólogo al libro "La Religión y el Rebelde", de Colin Wilson, un joven iracundo...

No me parecía un paso atrevido definir al Marginal como el síntoma de una civilización en decadencia: los Marginales aparecen como erupciones de una civilización moribunda. Un individuo tiende a ser lo que su contorno hace de él. Si una civilización está espiritualmente enferma, el individuo sufre la misma enfermedad. Si tiene la salud suficiente como para combatir, se convierte en Marginal.

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En mi caso, la pregunta fundamental que existe detrás de Marginal es: ¿cómo puede el hombre ampliar su esfera de conciencia? Pienso que los seres humanos usufructúan una parte de conciencia tan angosta como las tres notas centrales del teclado de un piano. Que el área posible de los estados mentales es tan ancha como el teclado entero, y que el objetivo fundamental y el trabajo del hombre consisten en extender esa esfera de tres notas a todo el resto. Los hombres a que me referí en El Marginal tenían en común: un conocimiento instintivo de que su esfera podía ser ampliada, y una persistente insatisfacción del ámbito de sus experiencias cotidianas.
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La mayoría de las personas que conozco, viven ejemplarmente así: trabajando, viajando, comiendo, bebiendo y conversando. El ámbito de la actividad diaria en la civilización moderna levanta un muro alrededor del estado ordinario de conciencia y hace casi imposible mirar más allá. Tal cosa es provocada por las condiciones en que vivimos. Es lo que ocurre en una civilización que siempre hace ruido como una dínamo, y que no proporciona ocio para la paz ni la contemplación. Los hombres comienzan a perder la intuición de modos desconocidos de ser, esa capacidad de construir que los llevaría a ser algo más que cerdos altamente eficientes. La pérdida de esa capacidad produce un horror contra el que el Marginal se rebela.

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Una tarde estaba pegando sobres con una esponjita húmeda, cuando un joven que parecía cómodo desempeñándose como mandadero comentó: Destruye el alma, ¿no es así? Una frase de lugares comunes, pero nunca la había oído antes, y la repetí como una revelación. No destrucción del alma, sino destrucción de la vida; la fuerza vital frenada produce un olor como el agua estancada, y el ser entero se emponzoña.
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El aburrimiento, sabía, quería decir no tener lo suficiente que hacer con las propias energías vitales. La respuesta a esto, sencillamente, reside en extender el radio de la conciencia, poner en circulación las emociones y hacer trabajar la inteligencia, hasta que nuevas áreas de conciencia sean incorporadas a la vida, así como la sangre que empieza a circular nuevamente por una pierna que ha estado entumecida. Eso era apenas el punto de partida. Disponer del ocio no es suficiente, el ocio es sólo un concepto negativo: el ancho y despejado terreno donde uno puede edificar casas decentes después de hacer quitado los conventillos. El problema siguiente es empezar a construir.
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Cuanto más se combate, mayor caudal de vida es posible. Por eso, para mí, el problema de vivir se resolvía en la cuestión de elegir obstáculos que estimularan mi voluntad. Instantáneamente, reconocí que nuestra civilización va en sentido contrario: toda nuestra cultura y nuestra ciencia están apuntadas a capacitarnos para realizar la menor voluntad posible. Todo se hace fácil y si, después de una semana de rutina oficinesca y de viajar en ómnibus, aún sentimos la necesidad de aplicar un exceso de energía, siempre podemos entretenernos con esos juegos asociados a obstáculos artificiales, donde la voluntad se aplica para derrotar a un equipo de jugadores de cricket, o fútbol, o simplemente a luchar contra la imaginaria Esfinge que inserta las palabras cruzadas en el diario.
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Cuando decía que Platón, Goethe y Shaw fueron existencialistas, implicaba que los tres fueron pensadores para los que pensamiento y vida son inseparables. El otro hombre para el cual pensamiento y vida resultan inseparables es el artista; su arte es el resultado del impacto de la vida en su sensibilidad.

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Resumiendo, el existencialista es el artista filósofo, y su medio natural es la Bildungsroman –novela educativa—; la novela o la obra que se refiere a la maduración de su personaje central a través del impacto de su experiencia. Ejemplos de esto: Wilhelm Meister de Goethe, Los hermanos Karamazov de Dostoievski, El proceso de Richard Feverel de Meredith, La montaña mágica de Mann, Demian de Hesse, Los caminos de la libertad de Sartre, Adiós a las armas de Hemingway, El retrato de Joyce, Inmadurez de Shaw. He citado aquí juntas las mayores y las menores para enfatizar la anchura de esta rama. Déjenme terminar dogmatizando: en el siglo XX, la única forma seria del arte literario es la Bildungsroman.
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Imaginación es el poder captar, sin esto el hombre sería un imbécil, sin memoria, sin premeditaciones, sin capacidad de interpretar lo que ve y siente. Cuanto mayor es el poder de captar, más alta es la forma de vida; y en el hombre, el captar se transforma en una facultad consciente, que puede ser denominada imaginación. Si la vida es avanzar hacia estratos más elevados, más allá del mono, más allá del hombre-trabajador e incluso del hombre-artista, esto se produce mediante un mayor desarrollo del poder de captar. El anhelo religioso es la búsqueda de una intensidad de imaginación más grande.
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En ese punto comencé El Marginal. Mi tesis era que la religión comienza con el estímulo del heroísmo reemplazando a la imaginación. Los Marginales de los primeros capítulos eran hombres hambrientos de heroísmo, encallados en una era no-heroica. Su anormalidad como Marginales residía en sus intentos de fabricar su propio heroísmo. La queja de Roquentín –La náusea de Sastre— era: No hay aventura, e implicaba que esto es verdadero en la civilización moderna.
Traté de demostrar que el ansia por una mayor intensidad de imaginación –de vida— toma la forma de una búsqueda del heroísmo. Este hambre de lo heroico era completamente visible en las vidas de Van Gogh, T. E. Lawrence, Rimbaud, Gauguin. Guido Ruggiero ha llamado a Gauguin y Rimbaud Santos existencialistas, y declaró –con completa precisión— que el existencialismo toma a la vida como una novela de aventuras.
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Nietzsche sabía que el ideal de una paz universal es un ideal falso; el hombre siempre intentará crear oportunidades para lo heroico. Las guerras del siglo XX son la expresión de una frustración inconsciente. Kierkegaard tenía razón cuando dijo que el aburrimiento es el verdadero mal del mundo. Una religión es el receptáculo de lo heroico, el símbolo de la necesidad del hombre de luchar por la captación. Las guerras mundiales y el fracaso de la religión son compañeros inevitables.
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El Marginal debía ser considerado como un fenómeno de la civilización moderna. Se llegaba a esta conclusión: es el síntoma de una civilización en decadencia. Pero, al menos, es un signo de salud.
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En cualquier época, la religión más pura está en manos de sus rebeldes espirituales. El siglo XX no es una excepción.
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Cada vez que una civilización llega a un punto crítico, es capaz de crear un hombre mejor. La respuesta exitosa a la crisis depende de la creación de un nuevo ser. No necesariamente el Superhombre nietzscheano, sino un tipo de hombre con una conciencia más amplia y un sentido de sus propósitos más profundo que nunca. La civilización no puede continuar en el presente embrollo, este desfile de miopes que producen mejores y mejores refrigeradores, pantallas de cine más y más anchas, secando constantemente en los hombres toda vida espiritual. El Marginal es un intento de contrabalancear esta muerte de los propósitos. El desafío es inmediato y exige respuesta a todos los que sean capaces de entenderlo.

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Si nuestra época está al borde de su última decadencia, como la civilización griega en los tiempos de Platón, el Marginal sólo puede observarla con curiosidad científica, y continuar -como Platón- meditando en problemas no tan inmediatos. Este separarse es la básica condición del sobreviviente, un signo de optimismo fundamental:


Todas las cosas caen y son construidas nuevamente.
Y aquellos que otra vez las construyen están contentos.


Así decía Yeats.


Los Marginales aparecen como erupciones de una civilización moribunda

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Colin Wilson
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[Todas estas frases fueron extraídas por mí del prólogo al libro titulado La Religión y el Rebelde, de Colin Wilson, que fue publicado en una antología de prosa de varios escritores preparada por Miguel Grinberg. El libro -la antología- se tituló Visionarios Implacables, y fue editado por Mutantia en el año 1994].

jueves, 5 de julio de 2007

Algunos párrafos interesantes para adentrarnos un poco en la obra del escritor inglés Aldous Leonard Huxley (1894-1963). Tres libros escogidos...

La actual felicidad siempre parece muy menguada en comparación de las compensaciones que brinda la miseria. Y, además, la estabilidad no es ni con mucho tan espectacular como la inestabilidad. Y el estar satisfecho no tiene el encanto de una denodada lucha contra la desgracia, ni el pintoresquismo de una pugna contra la tentación, o de una fatal derrota a manos de la pasión o de la duda. La felicidad nunca es grandiosa.


Si tuviese un poco de sentido, comprendería que su castigo es en realidad un premio. Le mandan a una isla. Es decir, le mandan a un lugar donde hallará la compañía de los hombres y mujeres más interesantes que podría encontrar en todo el mundo. Cuantas personas que, por una u otra causa, han alcanzado demasiada personalidad para poder adaptarse a la vida en común. Cuantas personas no están conformes con la ortodoxia. Cuantas tienen ideas propias. Cuantas, en una palabra, son alguien. Casi le envidio, míster Watson.


El personaje Mustafá Mond lee un fragmento de un libro a otro personaje:

Envejece el hombre; percibe un sentimiento radical de flaqueza, de cansancio, de malestar, que acompaña al avance de la edad; y, al sentirse así, se cree enfermo, adormece sus temores pensando que aquel penoso estado se debe a una causa determinada, de la que, cual de una enfermedad, espera curarse. ¡Vanas imaginaciones! La enfermedad es la vejez; y es bien desagradable. Dícese que es el miedo a la muerte y de lo que vendrá después el que vuelve religiosos a los hombres conforme entran en años. Pero mi propia experiencia me ha llevado a la convicción de que, completamente aparte de toda clase de terrores e imaginaciones, el sentimiento religioso tiende a desarrollarse, conforme vamos para viejos, a causa de que, calmadas las pasiones, la imaginación y la sensibilidad menos excitadas y excitables, la razón está menos turbada en sus funciones, menos oscurecida por imágenes, deseos y distracciones que de continuo le absorbían; entonces Dios surge como de detrás de una nube; nuestra alma siente, ve, tiende hacia la fuente de toda luz; natural e inevitablemente; pues ahora que todo cuanto da vida y encanto al mundo de las sensaciones ha comenzado a huir de nosotros; ahora que la existencia fenoménica no está mantenida por las impresiones internas o externas, sentimos la necesidad de apoyarnos sobre algo que permanezca y que no nos engañe, una realidad, una absoluta y eterna verdad. Sí volvemos inevitablemente a Dios, pues este sentimiento religioso es de índole tan pura, tan delicioso para el alma que la experimenta, que nos compensa de todas las demás pérdidas…


Pero, a pesar de los pesares -insistió el salvaje-, es natural creer en Dios cuando estamos solos, completamente solos, de noche, pensando en la muerte…


Del libro titulado Un mundo feliz (1932)
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A medida que el individuo crece, su conocimiento toma una forma más conceptual y sistemática, y su contenido utilitario es enormemente aumentado. Pero estas ganancias se hallan contrapesadas por cierto deterioro en la calidad de la aprehensión inmediata, por un embotamiento y pérdida de poder intuitivo.


Si uno mismo no es sabio ni santo, lo mejor que puede hacer, en el campo de la metafísica, es estudiar las obras de los que lo fueron y que, por haber modificado su modo de ser meramente humano, fueron capaces de una clase y una cuantía de conocimiento más que meramente humanas.

La naturaleza de la Realidad Una debe conocerse por la clara percepción espiritual de uno mismo; no puede conocerse mediante un pandit –hombre docto—. Análogamente, la forma de la luna sólo puede conocerse por los ojos de uno mismo, ¿cómo podría conocerse por otro?

Pues el lenguaje, como Richard Trench lo señaló hace tiempo, es con frecuencia más sabio, no sólo que el vulgo, sino más sabio que los que lo hablan. A veces encierra verdades que en otro tiempo eran bien conocidas, pero que se han olvidado. En otros casos, contiene los gérmenes de verdades que, aunque no fuesen nunca claramente discernidas, atisbó el genio de sus inventores en un afortunado momento de adivinación.


Gran parte del conocimiento más original y provechoso del mundo se realiza por personas de pobre físico y de espíritu todo lo contrario de práctico. A causa de esto y de que el valor del pensamiento puro, sea analítico o integral, ha sido en todas partes más o menos claramente reconocido, toda sociedad civilizada tomaba, y aún toma, medidas para proteger hasta cierto punto a los pensadores de las dificultades y angustias ordinarias de la vida social. La ermita, el monasterio, el colegio, la academia y el laboratorio de investigación; el cuenco del mendigo, las dotaciones, el patrocinio y la concesión de subvenciones públicas; tales son los principales medios que han usado los activos para la conservación de esa rara ave, el contemplativo religioso, filosófico, artístico o científico. En muchas sociedades primitivas las condiciones son duras y no hay excedente de riqueza. El contemplativo nato tiene que arrostrar sin protección la lucha por la existencia y el predominio social. El resultado, en muchos casos, es que muere joven o está tan desesperadamente atareado por sólo mantenerse vivo que no puede dedicar su atención a nada más. Cuando esto ocurra, la filosofía dominante será la del duro, extravertido hombre de acción.


La divina Base de toda existencia es un Absoluto espiritual, inefable en términos del pensamiento discursivo, pero –en ciertas circunstancias— susceptible de ser directamente experimentado y advertido por el ser humano. Este Absoluto es el Dios sin forma de la fraseología mística hindú y cristiana. La última finalidad del hombre, la razón final de la existencia humana, es el conocimiento unitivo de la divina Base, el conocimiento que puede llegar tan sólo a los que están decididos a morir para el yo y de tal modo a hacer sitio, por así decirlo, a Dios. De cualquier generación de hombres y mujeres, muy pocos podrán alcanzar la finalidad última de la existencia humana; pero la oportunidad para llegar al conocimiento unitivo será, de uno u otro modo, continuamente ofrecida hasta que todos los seres sensibles adviertan quiénes son realmente.


En Rusia, la literatura, el arte y la ciencia se han convertido en las tres personas de una nueva Trinidad humanista. Y no está el culto de la Cultura confinado a la Unión Soviética. Es practicado por una mayoría de intelectuales en las democracias capitalistas. Periodistas listos y endurecidos, que escriben sobre todas las demás cosas con el condescendiente cinismo de gente que lo sabe todo acerca de Dios, el Hombre y el Universo, y han descifrado toda la absurda trama, se caen de espaldas de admiración en cuanto le llega el turno a la Cultura. Con un ardor y un entusiasmo que son, en las circunstancias, indeciblemente ridículos, nos invitan a compartir sus emociones, positivamente religiosas, ante el Arte Superior, según se representa en las últimas pinturas murales o centros cívicos, insisten en que mientras Mr. X siga escribiendo sus inimitables novelas y Mr. Y sus críticas más que coleridgianas, el mundo, pese a todas las apariencias en contrario, tiene sentido. La misma sobrevaloración de la cultura, la misma creencia de que el Arte y la literatura son fines en sí mismos y pueden florecer aislados de una razonable y realista filosofía de la vida, han llegado a invadir escuelas y colegios. Entre los educacionistas avanzados hay mucha gente que parece creer que todo irá bien mientras se permita a los adolescentes expresarse a sí mismos y se aliente a los niñitos a ser creadores en la clase de trabajos artísticos. Pero, ¡ay!, la plastilina y la expresión de sí mismo no resolverán el problema de la educación. Tampoco lo resolverán la tecnología y la orientación profesional, ni los clásicos, ni las Cien Obras Maestras.


La simplicidad y espontaneidad del sabio perfecto son fruto de la mortificación, mortificación de la voluntad y por el recogimiento y la meditación de la mente. Sólo el artista más altamente disciplinado puede recobrar, en un plano más elevado, la espontaneidad del niño con su primera caja de pinturas. Nada es más difícil que ser sencillo.


Las palabras no son hechos, y todavía menos el Hecho primordial. Si las tomamos con excesiva seriedad, perderemos nuestro camino en un bosque de zarzas enredadoras. Pero si, por el contrario, no las tomamos con bastante seriedad, quedaremos sin darnos cuenta de que hay un camino que se puede perder o una meta a la cual llegar. Si los iluminados no predicaran, no habría salvación para nadie. Pero, como las mentes y lenguajes humanos son lo que son, esta predicación, necesaria e indispensable, está rodeada de peligros. La historia de todas las religiones se parece en un punto importante; algunos de sus fieles son esclarecidos y libertados, porque han sabido reaccionar apropiadamente ante las palabras que los fundadores dejaron caer; otros alcanzan una salvación parcial con una adecuación parcial; otros, en fin, se dañan a sí mismos y a su prójimo reaccionando de un modo totalmente inapropiado, sea haciendo caso omiso de esas palabras, o tomándolas demasiado en serio y tratándolas como si fueran idénticas con el Hecho a que se refieren.


En la práctica, las palabras son usadas para otros fines que hacer afirmaciones sobre hechos. Muy a menudo se emplean retóricamente, para despertar las pasiones y dirigir la voluntad hacia alguna ruta de acción que se considera deseable. Y también, a veces, son usadas poéticamente; esto es, son usadas de modo tal que, además de hacer una afirmación acerca de cosas y acontecimientos reales o imaginarios, y además de influir retóricamente en la voluntad y las pasiones, hacen que el lector advierta que son bellas. La belleza en el arte o la naturaleza es cuestión de relaciones entre cosas que no son en sí mismas intrínsecamente bellas. No hay nada bello, por ejemplo, en vocablos como tiempo o sílaba; pero cuando se emplean en una frase como hasta la última sílaba del registrado tiempo, la relación entre el son de las palabras componentes, entre nuestras ideas de las cosas que representan y entre las resonancias de asociación con que cada palabra y la frase toda están cargadas, es aprehendida como bella por intuición directa e inmediata. Sobre el empleo retórico de las palabras no es necesario decir mucho. Hay retórica para buenas causas y retórica para causas malas; retórica que es tolerablemente fiel a los hechos a la vez que conmovedora, y retórica que es inconsciente o premeditadamente una mentira. Aprender a distinguir entre las diferentes clases de retórica es una parte esencial de la moralidad, y la moralidad intelectual es una precondición de la vida espiritual, tan necesaria como lo es el dominio de la voluntad y la vigilancia del corazón y la lengua.


Al poeta, al amante de la naturaleza, al esteta se le otorgan aprehensiones de la realidad análogas a las concedidas al abnegado contemplativo; pero, por no haberse ocupado en hacerse completamente abnegados, son incapaces de conocer a la belleza divina en su plenitud, tal como es en sí misma. El poeta nace con la capacidad de disponer las palabras de tal modo que algo de la cualidad de las gracias e inspiraciones que ha recibido pueda hacerse sentir a otros seres humanos en los espacios blancos, por así decirlo, que quedan entre sus versos. Es este un grande y precioso don; pero si el poeta se contenta con este don, si persiste en adorar la belleza en el arte y la naturaleza sin ir mas allá haciéndose capaz, por la abnegación, de aprehender la belleza tal como es en la Base divina, entonces es sólo un idólatra. Cierto que su idolatría se halla entre las más elevadas de que los seres humanos son capaces; pero no por ello deja de ser idolatría.

Sólo aquellos que manifiestan poseer, aunque sea en pequeña proporción, los frutos del espíritu, pueden persuadir a otros de que la vida del espíritu merece ser vivida.


Del libro titulado La filosofía perenne (1946)
***

-Ahora y aquí, muchachos— repitió el pájaro una vez más, y bajó aleteando de su percha en el árbol muerto y se posó en el hombro de la niña. Ésta peló otra banana, entregó dos tercios a Will y ofreció el resto al mynah.
-¿El pájaro es tuyo?— preguntó Will.
Ella meneó la cabeza.
-Los mynah son como la luz eléctrica— declaró. No pertenecen a nadie.
-¿Por qué dice esas cosas?
-Porque alguien se las enseñó— respondió la chiquilla con paciencia. ¡Qué burro!, parecía insinuar su tono.
-¿Pero por qué le enseñan esas cosas? ¿Por qué Atención? ¿Por qué Ahora y aquí?
-Bien… -Buscó las palabras correctas para explicar lo evidente a ese extraño imbécil—. Eso es lo que uno siempre olvida, ¿no es así? Quiero decir, uno olvida prestar atención a lo que sucede. Y eso equivale a no estar ahora y aquí.
-Y los mynah vuelan de un lado a otro recordándolo… ¿Es eso?
La niña asintió. Por supuesto, era eso.


Bajo el interrogatorio de la niña, le relató lo que había sucedido. La tormenta, la varadura del bote, la larga pesadilla de la ascensión, las serpientes, el horror de la caída… Comenzó a temblar de nuevo, con más violencia que antes. Mary Sarojini escuchó con atención y sin hacer comentarios. Luego, cuando la voz de él vaciló y finalmente se quebró, se adelantó, y, con el pájaro todavía encaramado en su hombro, se arrodilló junto a él.
-Escucha, Will— dijo, poniéndole una mano en la frente. Tenemos que librarnos de eso. Su tono era profesional y serenamente autoritario.
-Ojalá supiera cómo— respondió él, castañeteando los dientes.
-¿Cómo?— repitió la niña. Pues en la forma acostumbrada, por supuesto. Vuelve a hablarme de esas serpientes, y de cómo te caíste.
-No quiero— dijo él, meneando la cabeza.
-Es claro que no quieres— dijo ella. Pero tienes que hacerlo. Escucha lo que dice el mynah.
-Ahora y aquí, muchachos— continuaba exhortando el pájaro. –Ahora y aquí, muchachos—.
-No puedes estar ahora y aquí –continuó la niña— hasta que te hayas librado de esas serpientes. Díme.
-No quiero, no quiero—. Estaba casi al borde de las lágrimas.
-Entonces jamás te librarás de ellas. Se arrastrarán toda la vida dentro de tu cabeza. Y te lo tendrás merecido—. Agregó Mary Sarojini con severidad.
Él trató de dominar los temblores, pero su cuerpo había dejado de pertenecerle. Algún otro se había hecho cargo de él, alguien malévolamente decidido a humillarlo, a hacerlo sufrir.
-Recuerda lo que sucedía cuando eras niño— le decía Mary Sarojini. ¿Qué hacía tu madre cuando te lastimabas?
Lo tomaba en sus brazos, le decía Mi pobre niño, mi pobre niñito.
-¿Hacía eso?— Mary habló con un tono de escandalizado asombro. ¡Pero es espantoso! Es la mejor forma de hacerlo permanente.
-Mi pobre niñito— repitió, burlona; debe de haberte seguido doliendo durante horas enteras. Y es seguro que no lo olvidabas nunca.
Will Farnaby no ofreció comentario alguno; permaneció echado en silencio, sacudido por irreprimibles estremecimientos.
-Bueno, si no lo haces tú, lo haré yo en tu lugar. Escucha, Will: había una serpiente, una gran serpiente verde, y tú casi la pisaste. Casi la pisaste, y te dio un susto tan grande, que perdiste el equilibrio y caíste. Y ahora dílo… ¡Dílo!
-Casi la pisé— susurró él obediente. –Y entonces… -No pudo decirlo.
-Y entonces caí— pronunció al cabo, con voz casi inaudible.


Del libro titulado La isla (1962)
***

Ahora me doy cuenta de que el encanto verdadero de la vida intelectual reside en su facilidad, en la sustitución, por simples esquemas intelectuales, de las complejidades de la realidad (…) Es mucho más fácil saber muchas cosas, por ejemplo, sobre la historia del arte y tener ideas profundas sobre la metafísica y la sociología que conocer personal e intuitivamente a los hombres y tener relaciones satisfactorias con sus amigos, su amante, su mujer o sus hijos.


La vida de una época puede ser sintetizada solamente por los poetas.
De fuente desconocida,
citado por André Maurois en el libro titulado Mágicos y lógicos

***

Aldous Leonard Huxley
(1894-1963)

martes, 3 de julio de 2007

Estudio breve -pero contundente- sobre el Trascendentalismo y sus principales figuras, mentores y protagonistas / PRIMERA ENTREGA

NOTA INTRODUCTORIA
Estos apuntes sobre el Trascendentalismo resumidos y retocados por mí, los iba a destinar a una o dos clases de un supuesto Taller Literario que iba a dictar sobre el tema, pero me impuse un estudio tan desmesurado de la literatura mundial -movimientos, generaciones, etcétera-, que sólo abarqué el comienzo, y luego lo abandoné, por ende, no hubo Taller, pero sí estudio, eh, eso sí...
Los fascículos del CEAL fueron impresos en los primeros años de la década del setenta, y se vendían en toda Latinoamérica. El nivel de los redactores era muy superior, a mi entender, comparándolos con los redactores y narradores de hoy en día de los suplementos culturales de los periódicos o revistas de cultura.
Durante la última dictadura militar en Argentina (1976-1983), los depósitos y archivos y papeles del Centro Editor de América Latina fueron incendiados por los propios militares del Ejército Argentino. El año pasado la Revista de Cultura Ñ publicó en tapa una foto en donde se ve una montaña de libros incendiándose, y alrededor de la montaña los efectivos militares, viendo cómo se quemaba lo mejor de la cultura...
Trascendentalismo

Los fragmentos fueron extraídos del Capítulo 21 de La historia de la literatura mundial editada por el Centro Editor de América Latina –CEAL—. Fueron resumidos y retocados por el recopilador para darle coherencia e hilaridad.


Contexto histórico, político y económico

El siglo XIX estadounidense se caracteriza por un creciente proceso de expansión territorial, cuyo corolario económico será la consolidación del sistema capitalista, que durante la segunda mitad del siglo pasa desde la etapa de libre competencia hacia la del capitalismo monopolista (…) Por su parte, el proceso de expansión territorial reconocerá métodos variados: la compra de posesiones a Estados europeos –Florida a España, Louisiana a Francia—; la anexión directa de las tierras habitadas por los pieles rojas, con la consiguiente eliminación de éstos; la mutilación, por medio de la lucha armada, del vecino país de México. Así, al llegar el año 1860, la Unión abarcaba ya treinta Estados. Sin embargo, la situación interna no dejó de mostrar fisuras: cuando se trató de decretar la abolición de la esclavitud, once Estados agrícolas del Sur, dominados por una oligarquía terrateniente que imponía un régimen feudal, fundaron su propia Confederación, separándose de este modo de la Unión. Este enfrentamiento trajo como consecuencia la guerra civil o Guerra de Secesión, que duró cuatro años (1861-1865) y culminó con la victoria del Norte, presidido por Abraham Lincoln, que habría de suprimir la esclavitud. Esta lucha intestina produjo grandes cambios económicos; entre otros, la gradual industrialización del Sur y la división de la propiedad agrícola de sus Estados. Restablecido el poderío económico y la unidad política, el país inició una vertiginosa carrera hacia la riqueza.

Situación de la literatura del período

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la literatura estadounidense consigue liberarse de sus tendencias primeras: la ciega imitación o el rechazo ciego de los modelos europeos, logrando así incorporarse, con autenticidad y vigor, al caudal de la literatura mundial. Pero para afianzar su rango internacional, esta literatura debía coadyuvar a la consolidación de ciertas características nacionales: así, por ejemplo, debía apoyarse, a partir de los elementos constitutivos del pasado –elementos teológicos y culturales en general—, en una filosofía que sirviera de base de sustentación a la democracia tal como entonces se la practicaba en los Estados Unidos. Este movimiento teórico, del que prácticamente habría de nutrirse toda la literatura norteamericana de la época, fue el Trascendentalismo, surgido en Nueva Inglaterra entre 1815 y 1836. En este último año se publica Naturaleza, de Emerson, expresión sistemática, quizá la más representativa del Movimiento Trascendentalista. El Movimiento se expandió como una protesta contra la dependencia cultural de los Estados Unidos respecto de Europa y como un análisis de las bases espirituales y las implicancias morales de la nueva democracia. Los efectos del Movimiento –que alcanzó su culminación en los escritos de Emerson, Thoreau y Alcott e influyó, de una u otra manera, en Hawthorne, Melville y Whitman— fueron profundamente revitalizadores para la literatura y el arte norteamericanos, y lo fueron también para esa misma democracia, cuyos fundamentos se proponía estudiar.

Las fuentes de esta doctrina pueden rastrearse en sus diversos orígenes: ciertos aspectos del puritanismo, la ideología igualitaria y humanitarista de la Revolución, la filosofía europea contemporánea –en particular la corriente del idealismo alemán: Fichte, Schelling, Hegel; o espiritualistas como Schleirmacher o Swedenborg—, el neoplatonismo, el misticismo oriental y, notoriamente, el pensamiento de Coleridge y Carlyle.

Al puritanismo en su sentido más amplio, el Trascendentalismo debió su moral, su tendencia a subordinarlo todo a los valores éticos. Para el Movimiento Trascendentalista, el hombre –más precisamente, su alma— será el centro espiritual del universo; sólo en él se encuentra la clave de la historia, de la naturaleza y del universo mismo. Esto se manifiesta muy claramente en el principio trascendentalista de que la estructura del universo duplica literalmente la estructura del yo individual [Nota del recopilador: Esta idea hace recordar a otra idea expuesta mucho tiempo antes por Hermes Trismegisto: Como es el macrocosmos es el microcosmos, y como es el microcosmos es el macrocosmos]. Al mismo tiempo, la virtud y la felicidad individuales dependen de la autorrealización, y ésta, a su vez, depende de la conciliación armónica de dos tendencias psicológicas universales: el impulso expansivo, de trascendencia del yo, y el impulso de autoafirmación personal, el deseo de ser un individuo único. La teoría del yo, expuesta por Colerigde y otros pensadores europeos, fue adoptada por los trascendentalistas para tratar sobre todo de explicar lo que se consideraba el objetivo central y el dilema de la democracia. Esta, en tanto doctrina política y moral, implicaba por un lado una ética individualista extrema, que preservara para el individuo el grado máximo de libertad y autoexpresión. Los integrantes de este movimiento sostenían la creencia de que la verdad suprema se halla en el alma y puede ser descubierta mediante la luz interior. El Trascendentalismo hace de cada cosa el reflejo de una realidad superior. Teodoro Parker (1810-1860), figura destacada del movimiento, afirmaba entre otras cosas: Derribar lo falso, facilitar lo necesario y ordenar lo justo. Para entender ésta y otras afirmaciones igualmente presuntuosas del Trascendentalismo, habría que insistir en una relación ya apuntada: su carácter de ideología del sistema político-económico entonces vigente, el capitalismo de libre competencia en su período de máximo esplendor, cediendo paso a una tendencia más orgánica y concentracionista –la que luego expresaría a nivel teórico el pragmatismo, la ideología del capitalismo monopolista—. Por el momento, los trascendentalistas se muestran individualistas extremos, muy espiritualistas, aunque defensores a la vez del ímpetu expansivo, del quehacer práctico, aún del comercio –que para Emerson constituye el origen de la libertad—, optimistas y confiados en el futuro.

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Ralph Waldo Emerson
(1803-1882)

Ensayista y poeta estadounidense, primer autor angloamericano que influyó en el pensamiento europeo. Nació en Boston el 25 de mayo de 1803. Siete antepasados fueron pastores de la iglesia, y su padre, William Emerson, fue pastor de la Iglesia unitaria de Boston. Se graduó en la Universidad de Harvard a los dieciocho años y dio clases en Boston durante los siguientes tres años. Estudió teología en la Harvard Divinity School y en 1829 fue ordenado pastor siguiendo los pasos de su padre. Se casó con Ellen Tucker, que murió diecisiete meses después. En 1832 dimitió de su cargo pastoral tras declarar que había dejado de considerar la comunión como sacramento y no podía continuar administrándola. El día de Navidad de 1832 inició una gira por Europa; en Inglaterra conoció a personalidades literarias como Samuel Taylor Coleridge, Thomas Carlyle y William Wordsworth. Su encuentro con Carlyle fue el comienzo de una larga amistad. Regresó en 1833 y se estableció en Concord, Massachusetts. Empezó a dar clases en la Universidad de Boston. Sus discursos, sobre temas como filosofía de la historia, cultura humana, vida humana y la época actual, estaban basados en material de sus Diarios –publicados póstumamente de 1909 a 1914—, observaciones y notas que empezó a escribir cuando fue estudiante en Harvard. Su declaración de creyente más detallada la reservó para su primer libro publicado, Naturaleza (1836), que aunque lo publicó anónimamente, en seguida se supo quién lo había escrito. En su momento el libro no llamó mucho la atención, pero está considerado como su obra más original e importante, en la que brinda la esencia de su poética del Trascendentalismo, que es una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico. El año siguiente aplicó estas ideas a los problemas culturales e intelectuales en su discurso El estudioso americano, pronunciado ante la Phi Beta Kappa Society de Harvard. Un segundo discurso, denominado Discurso al College de Divinity pronunciado en 1838 ante los licenciados del Divinity College de la Universidad de Cambridge, levantó una importante controversia por su ataque a la religión oficial y defensa de la experiencia religiosa intuitiva e independiente. En su primer libro de Ensayos (1841) reunió sus conferencias más famosas, entre las que destaca Autoconfianza, que se convirtió en la base teórica del individualismo democrático. En esa época escribió para The Dial, el periódico del Trascendentalismo de Nueva Inglaterra, que se fundó en 1840 y se cerró en 1844. En 1846 se publicó su primer libro de Poemas. Volvió a salir del país en 1847 para dar conferencias en Inglaterra, donde Carlyle le recibió calurosamente. Varios de sus discursos –retratos sobre grandes personajes como Napoleón, Platón o Goethe— se editaron después en Hombres representativos (1850), una obra que recuerda a Héroes (1840) de Carlyle. Su viaje por el extranjero le inspiró un brillante libro de viajes titulado Rasgos ingleses (1856). Sus diarios íntimos ponen de manifiesto su creciente interés por los asuntos nacionales, y a su regreso a los Estados Unidos abogó activamente por la causa abolicionista, pronunciando muchas conferencias en contra de la esclavitud. El sentido de la vida (1869), que fue el primero de sus libros que tuvo un éxito inmediato, incluye los ensayos Poder, Riqueza, Destino y Cultura. Después publicó un libro de poemas titulado Día de mayo y otros poemas (1867). Aunque a partir de entonces escribió poco y su capacidad intelectual declinó, su reputación como escritor se extendió. Sociedad y soledad (1870) también es una colección de conferencias, y en Parnaso (1874) reunió sus poemas favoritos. Otras obras son Cartas y objetivos sociales (1876) e Historia natural del intelecto (1893). Murió en Concord el 27 de abril de 1882.

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H. D. Thoreau opina sobre Emerson:

Emerson posee ciertos talentos inigualados. Nadie expresó con más holgura, precisión y método, lo divino en el hombre. Su influencia personal sobre los jóvenes es más preponderante que la de cualquier otro pensador. En su universo todos serían poetas, reinaría el amor, triunfaría la belleza, el hombre y la naturaleza vivirían armónicamente.
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Henry David Thoreau

Durante la permanencia de Emerson, Concord se convirtió en el centro intelectual de los Estados Unidos; en torno a la revista Dial, que duró de 1840 a 1844, se reunieron Margarita Fuller Ossoli (1810-1850), apóstol del feminismo en los Estados Unidos, el poeta teósofo Jones Very (1813-1880), el filósofo y pedagogo Amos Bronson Alcott (1799-1888) y otros entusiastas del Trascendentalismo. Durante dos años, fue director de The Dial Henry David Thoreau (1817-1864), nacido en Concord de una familia de origen francés. Estudió en Harvard y luego trató de ganarse la vida como maestro de escuela y vendiendo lápices, pero al poco tiempo ingresó al círculo de Emerson en la aldea de Concord, viviendo en casa de éste durante mucho tiempo, unidos por una profunda amistad. Thoreau fue el primer hombre que vio a la naturaleza, en el sentido literal usado por Emerson, como una manifestación de la energía universal en la que el hombre desempeña el papel de la inteligencia. Exploró el interior de Massachussetts, remontó los ríos Concord y Merimac, hizo viajes a Meine y a Cape Concord para estudiar los fenómenos de los bosques, las corrientes del agua y la costa marítima. Luego, cuando la doctrina de la naturaleza de Emerson ya resonaba en el aire, y en Concord los trascendentalistas trataban de encontrar la unión con las leyes de la naturaleza, y realizaban sus experimentos sociales, Thoreau se estableció en un bosque cerca de Concord, en las orillas de la laguna Walden, y durante dos años vivió una vida solitaria, basada en un autoabastecimiento casi total. De estos primeros viajes surge Una semana en los ríos Concord y Merimac (1845) y Walden (1854), que en realidad corresponde a un breve extracto de sus Diarios, enorme masa de apuntes, ensayos, descripciones y meditaciones que fueron publicadas en su totalidad sólo póstumamente. Walden constituye el relato de esos dos años pasados en plena naturaleza con todo lo que esto implica, incluyendo los esfuerzos de tipo práctico necesarios para sobrevivir. Puede también considerarse como el testimonio de la demostración experimental de una teoría: que la vida puede vivirse en un medio menos complejo, atestado y placentero que el habitual. Las observaciones filosóficas de que está salpicado el libro pueden considerarse como fruto principal del experimento. Estas observaciones son, más que adhesiones al Trascendentalismo, observaciones de carácter individual. El mérito principal de Walden lo constituyen sus descripciones de la naturaleza, llenas de autenticidad y de primitiva belleza.

Defensor de la abolición de la esclavitud, Thoreau produjo tres ensayos acerca del tema: Desobediencia civil (1849), La esclavitud en Massachussetts (1854) y La defensa del capitán John Brown (1859), valerosos y hasta violentos. En general, sin embargo, su actitud con respecto al gobierno, así como a toda empresa social que implicara cooperación, era de no participación. La crítica social de Thoreau apunta, sobre todo, al excesivo empleo de tiempo y energía pagado como tributo al desarrollo industrial y a la acumulación de riquezas. Thoreau amaba, sin embargo, ese desarrollo y esas riquezas, pero insistía en que el precio que se pagaba por ellas era demasiado elevado.
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Otros escritores del período

Nathaniel Hawthorne

Entre los años 1840 y 1860, es la voz profética de Emerson la que dirige indiscutiblemente el movimiento cultural de los Estados Unidos. Desde luego, no un creador sino más bien un teorizador, su hombre que piensa, su confianza en sí mismo, van delimitando un panorama y marcando huellas que luego otros seguirán. Muy cerca suyo, en la misma Concord, vivirá un creador que, repudiando el Trascendentalismo y el experimento social de Brooks Farm, del cual será en un momento esperanzado partícipe, se referirá siempre con ironía a este movimiento y no buscará ya un derrotero para conducir a su país, sino que, recogiendo la pesada herencia del puritanismo, la elaborará para dotar a éste de una conciencia moral, no visionaria y proyectada hacia el futuro, sino introspectiva y angustiada.

Nathaniel Hawthorne nace en 1804 en la antigua ciudad de Salem, Massachussetts, viejo centro y capital del puritanismo de Nueva Inglaterra. A los diecisiete años ingresa en la Universidad de Maine, donde conoce a Longfellow y a Franklin Pierce, el futuro presidente de los Estados Unidos. Tras su graduación, Hawthorne debió dedicarse a gran número de tareas para ganarse la vida. Solitario por hábito y por inclinación, vivió retraído durante toda su vida, salvo el intervalo que, en 1841, lo llevó a establecerse en la comunidad de Brooks Farm, que habían fundado los adeptos al Trascendentalismo en Massachussetts, y cuyos esfuerzos eran observados con ironía y escepticismo por los propios Emerson y Thoreau. De esta experiencia volvió Hawthorne decepcionado, convencido de que el Trascendentalismo era una abstracción imposible. Nunca –escribiría después— fue infestada una pobre aldea campesina de tal variedad de estrafalarios seres extrañamente vestidos y que se conducían de manera rara, la gran mayoría de los cuales había asumido el papel de instrumentos importantes del destino del mundo, si bien eran, simplemente, unos grandísimos majaderos.

En 1828 publica su primera novela, Fanshawe. La obra pasó prácticamente inadvertida. Entre tanto, Hawthorne realiza otros trabajos editoriales para sobrevivir escribiendo diversos libros para niños. Alterna estas tareas con un empleo que obtiene más adelante en la Aduana. Su segunda novela, La letra escarlata, pertenece a 1850, y La casa de los siete tejados al siguiente, y es durante esos años cuando, durante su estadía en las montañas de Berkshire, se desarrolla su amistad con Melville. El romance de Blithedale, novela que relata su experiencia en Brooks Farm, es de 1852, y ese mismo año, como recompensa por haber escrito una biografía propagandística para la campaña política de su amigo Franklin Pierce, Hawthorne es enviado a
Liverpool en calidad de cónsul.

Nuestra vieja casa, que contiene agudas observaciones sobre su estadía en Inglaterra es de 1863, y El fauno de mármol, novela ambientada en Italia, es de 1860. Dos son los elementos fundamentales de la vida de Hawthorne que contribuyen con mayor intensidad a plasmar las preocupaciones, la temática, la atmósfera de sus creaciones literarias: la impronta indeleble de su marcada herencia puritana, el aislamiento y la retracción impuestas por su vida familiar y su propio carácter. De la primera, devendrá su obsesión, reflejada en toda su obra, por el problema del mal. La segunda será la que, apartándolo de la vida le permitirá una intensa elaboración introspectiva de estas obsesiones, pero también la que lo llevará a decir, algo tristemente, a su amigo Longfellow: En virtud de uno u otro sortilegio –pues realmente no puedo atribuirle ningún por qué y por lo cual razonable— he sido apartado de la corriente principal de la vida, y hallo imposible volver a ella… Me he alejado de la sociedad, y, no obstante, nunca me propuse tal cosa... He hecho de mí un cautivo, y me he metido en un calabozo, y ahora no puedo encontrar la llave para salir de él… No hay en este mundo destino tan horrible como no participar en sus alegrías y penas. Durante los últimos diez años no he vivido, sino sólo soñado con la vida.

La preocupación central de Hawthorne será, pues, el problema del pecado, la inevitabilidad del mal y la consecuente culpabilidad del hombre. Esta preocupación aparecerá en todas sus obras, ya sea en aquellas que recreen la atmósfera marcadamente puritana de la primitiva Nueva Inglaterra, como en las de atmósfera contemporánea.


Ningún escritor, sin haberlo intentado él mismo, puede concebir cuáles son las dificultades que entraña escribir una novela acerca de un país cuando no existen sombras, ni antigüedad, ni misterio, ni tenebroso mal, ni nada sino una vulgar prosperidad, a la luz del sol, tal como, felizmente, es el caso de mi querida tierra natal.

Todo lo que aísla, condena; todo lo que asocia, salva.

Nathaniel Hawthorne


Otras obras del autor: Septemius Felton (1872); El romance de Dolliver (1876); El secreto del doctor Grimshawe (1883); La pisada central (1870).

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lunes, 2 de julio de 2007

Algunos párrafos narrativos para recordar a Henry Miller, un escritor surgido del barrio de Brooklyn...

NOTA INTRODUCTORIA
por El Corresponsal:
Si tuviera que preparar una antología de fragmentos narrativos de la obra de Miller, no elegiría precisamente éstos que ahora entrego, pero resulta que estos eran los que ya estaban tipeados, y los mejores, a mi entender, no los tengo tipeados, sino subrayados en los libros; sólo faltaría trasladarlos a la máquina, pero con estos fragmentos se puede ir tirando... Y de paso lo recordamos y lo traemos al presente, para todos, en las páginas de El Contemporáneo...
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Por qué voy a trabajar, qué voy a hacer esta noche, escapa y hazte vaquero, prueba la suerte en Alaska, las minas de oro, apéate y da la vuelta, no te mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte, el río, acaba con todo de una vez, hacia abajo, hacia abajo, como un sacacorchos, la cabeza y los hombros en el fango, las piernas libres, los peces vendrán a morder, mañana una vida nueva, dónde, en cualquier parte, por qué empezar de nuevo, en todas partes lo mismo, la muerte es la solución, pero no te mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte, una cara nueva, un nuevo amigo, millones de oportunidades, eres muy joven todavía, estás melancólico, no mueras todavía, espera un día más, un golpe de suerte…
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Iba caminando por un bosque de piedra cuyo centro era el caos, bailaba o bebía hasta atontarme, o hacía el amor, o ayudaba a alguien, o planeaba una nueva vida, pero todo era caos, todo piedra, y todo irremediable y desconcertante. Hasta el momento en que encontrara una fuerza suficientemente grande como para sacarme como un torbellino de aquel demencial bosque de piedra, ninguna vida sería posible para mí ni podría escribirse una sola página que tuviera sentido.
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Sentía lástima de la raza humana, de la estupidez del hombre y de su falta de imaginación (…) Todas aquellas malditas casas, una tras otra, todas, y todas tan vacías y tan tristes. Magníficos adoquines bajo los pies y asfalto en la calzada y escaleras de una elegancia bella y horrenda para subir a las casas, y sin embargo, un tipo podía caminar de un lado para otro todo el día y toda la noche sobre esos costosos materiales y estar buscando un mendrugo de pan. Eso era lo que me mataba. Su incongruencia. Si por lo menos pudiera uno salir con una campanilla y gritar: Escuchen, escuchen, señores, soy un tipo hambriento. ¿Quién quiere que le lustren los zapatos? ¿Quién quiere que le saquen la basura? ¿Quién quiere que le limpien las tuberías? Si por los menos pudieses salir a la calle y expresárselos así de claro. Pero no, no te atreves a abrir el pico. Si le dices a un tipo en la calle que estás hambriento, le das un susto de muerte y corre como alma que lleva el diablo. Eso es algo que nunca he entendido. Y sigo sin entenderlo. Todo es tan sencillo: basta con que digas , cuando alguien se te acerque. Y si no puedes decir , cógelo del brazo y pide a algún otro tipo que te ayude. La razón por la que tienes que ponerte un uniforme y matar a un hombre que no conoces, simplemente para conseguir un mendrugo de pan, es un misterio para mí. En eso es en lo que pienso, más que en la boca que se lo traga o en lo que cuesta. ¿Por qué cojones ha de importarme lo que cuesta una cosa? Estoy aquí para vivir, no para calcular…
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Nos encontramos en la misma playa ante el mismo océano poderoso. Ahí está… in perpetuum. Tanto en un capullo roto, en el estruendo de una catarata, en la caída en picada de un ave sobre una carroña, como en la atronadora artillería del profeta. Nos movemos con los ojos cerrados y los oídos tapados: derribamos muros en los que hay puertas que esperan ser abiertas al tacto; buscamos a tientas escaleras, olvidando que tenemos alas; rezamos como si Dios estuviera sordo y ciego, como si estuviese en un espacio. No es de extrañar que no reconozcamos a los ángeles que andan entre nosotros.
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Deseaba algo de la tierra que no fuera producto del hombre, algo absolutamente separado de lo humano, de lo cual estaba harto. Deseaba algo puramente terrestre y absolutamente despojado de idea. Quería sentir la sangre corriendo de nuevo por mis venas, aún a costa de la aniquilación. Quería expulsar la piedra y la luz de mi organismo. Deseaba la oscura fecundidad de la naturaleza, el profundo pozo de la matriz, el silencio, o bien los lamidos de las negras aguas de la muerte. Quería ser esa noche que el ojo despiadado iluminaba, una noche esmaltada de estrellas y colas de cometas. Pertenecer a la noche, tan espantosamente silenciosa, tan absolutamente incomprensible y elocuente al mismo tiempo. No volver a hablar ni a oír ni a pensar nunca más (…) Verme desintegrado, despojado de la luz y de la piedra, variable como una molécula, duradero como el átomo, despiadado como la propia tierra…
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Desde mi puestito en Sunset Place, podía observar a vista de pájaro toda la sociedad americana. Era como una página de la guía de teléfonos. Alfabética, numérica, estadísticamente, tenía sentido. Pero cuando la mirabas de cerca, cuando examinabas las páginas por separado, o las partes por separado, cuando examinabas a un solo individuo y lo que lo constituía, el aire que respiraba, la vida que llevaba, los riesgos que corría, veías algo tan inmundo y degradante, tan bajo, tan miserable, tan absolutamente desesperante y sin sentido, que era peor que mirar dentro de un volcán.

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Mantener la mente vacía es una proeza, una proeza muy saludable. Estar en silencio todo el día, no ver ningún periódico, no oír ninguna radio, no escuchar ningún chisme, abandonarse absoluta y completamente a la pereza, estar absoluta y completamente indiferente al destino del mundo, es la más hermosa medicina que uno puede tomar. Poco a poco se suelta la cultura libresca, los problemas se funden y se disuelven, los ligámenes se rompen; el pensamiento, cuando uno se digna entregarse a él, se hace muy primitivo; el cuerpo se transforma en un nuevo y maravilloso instrumento.
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El esfuerzo por eliminar los aspectos repulsivos de la existencia, que es la obsesión de los moralistas, no sólo es absurdo sino también fútil. Acaso uno logre reprimir feos pensamientos y deseos, impulsos pecaminosos, pero los resultados son patentemente catastróficos.
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[Estos fragmentos en prosa pertenecen a las novelas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, de Henry Miller, y fueron publicadas como complemento a un artículo biográfico sobre el autor estadounidense en la revista Aquí y Ahora Nº 1, de junio de 2002 .]

domingo, 1 de julio de 2007

Fragmentos autobiográficos en prosa de una novela de Jack Kerouac que ya no se consigue... "Ángeles de Desolación" -"Desolation Angels"-

Mi vida es un vasto poema épico sin consecuencias, con mil millones de personajes…
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Canoa, remo, lago a la luz de la luna, lobo en la colina, flor, pérdida. Montón de leña, silo, caballo, raíl, verja muchacho tierra. Lámparas de aceite, cocina, granja, manzanas, peras, casas encantadas, pinos, viento, medianoche, viejas mantas, desván, polvo. Valla, hierba, tronco de árbol, sendero, viejas flores mustias, viejas cascarillas de maíz, luna, trocitos de nube coloreada, luces, almacenes, calle, pies, zapatos, voces, ventanas, escaparates, puertas abriéndose y cerrándose, ropas, calor, azúcar, frío, excitación, misterio…
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Y ahora, tras la experiencia en la cumbre de la montaña, donde estuve solo durante dos meses sin que ningún ser humano me interrogara o mirara y donde empecé mi completo cambio de actitud respecto a mis sentimientos en la vida, ahora deseaba una reproducción de aquella paz absoluta en el mundo de la sociedad, pero estaba secretamente ansioso de algunos de los placeres de la sociedad –tales como espectáculos, sexo, comodidades, manjares delicados y bebidas—, pues no hay cosas tales en un monte. Ahora sabía que mi vida era una búsqueda de paz como artista, pero no sólo como artista. Como hombre contemplativo más bien que muy activo, en el antiguo sentido chino Tao del No Hacer Nada (Wu Wei), que es en sí mismo una forma de vida más bella que ninguna otra, una especie de fervor claustral en medio de una loca algarabía de buscadores de acción de esta clase o aquella en un mundo moderno. Había que demostrar que yo era capaz de no hacer nada aún en medio de la más ruidosa sociedad a que llegara después de descender del monte, del Estado de Washington a San Francisco, como ya se ha visto, donde pasé aquella semana de carruseles de borracheras –como dijo Cody una vez— con los ángeles de desolación, los poetas y los representantes del Renacimiento de San Francisco. Una semana, y no más, tras la cual –con una enorme resaca y, claro está, algunas dudas—, aguardé al mercancías que se dirigía a L.A., y puse rumbo hacia el Antiguo México y hacia una nueva clase de soledad en una chabola de la ciudad.
***
Es bastante sencillo comprender que como artista necesito soledad y una especie de filosofía del no hacer nada que me permita soñar todo el día e hilar capítulos en olvidados ensueños que emergen años después en forma de narración. A este respecto, es imposible, puesto que es imposible que todos sean artistas, recomendar mi forma de vivir como una filosofía adecuada para todos los demás. Respecto a esto, soy un viejo ser extraño, como Rembrandt. Rembrandt era capaz de pintar a sus atareados burgueses mientras posaban, tras la comida, pero a medianoche mientras aquellos dormían para descansar y prepararse para un nuevo día de trabajo, el Viejo Rembrandt estaba levantado en su estudio poniendo sobre sus lienzos ligeras pinceladas de oscuridad. Los burgueses no esperaban de Rembrandt que fuera otra cosa sino un pintor, y por ello no iban a llamar a su puerta a medianoche a preguntar ¿Por qué vivís así, Rembrandt? ¿Por qué estáis solo esta noche? ¿Qué soñáis? Y no esperaban que Rembrandt diera media vuelta y les contestara: Debéis vivir como yo, en la filosofía de la soledad, no hay otra forma. Así, del mismo modo, estaba yo a la búsqueda de una tranquila forma de vida dedicada a la contemplación y a las delicias de ella, por causa de mi arte –en mi caso, prosa, cuentos, divagaciones narrativas de lo que veía y cómo lo veía—, pero también busqué esto como una forma de vida, es decir, para contemplar el mundo desde el punto de vista de la soledad, y para meditar acerca del mundo sin embrollarme en sus acciones, que ya se han hecho para estas fechas, famosas por sus horrores y abominaciones. Deseaba ser un hombre del Tao, que mira las nubes y deja que la historia se enfurezca bajo él.

***

Echadme otra mirada para comprender mejor la historia (ahora estoy emborrachándome): soy hijo de una viuda que en este momento está viviendo con parientes, sin un céntimo. Cuanto poseo es la paga de este verano como atalayero de un monte convertida en lamentables cheques de viajero de cinco dólares, y la grande y abultada mochila llena de jerseys viejos y paquetes de cacahuetes y uvas en lata en caso de encontrarme muriéndome de hambre y todas esas cosas de los vagabundos. Tengo treinta y cuatro años, de aspecto regular, pero con los vaqueros y estrambóticas ropas la gente teme mirarme porque parezco realmente un fugado de algún centro mental con la suficiente fuerza física y un innato sentido perruno para evadirme de una institución tal, alimentarme e ir de acá para allá en un mundo que cada vez va haciéndose más pequeño en sus ideas sobre la excentricidad. Caminando por ciudades del centro de América conseguí que me contemplaran con asombro. Tenía que vivir a mi modo. La expresión inconformismo era algo que había oído vagamente en alguna parte (¿Adler? ¿Erich Fromm?) Pero estaba decidido a estar contento. Dostoievski decía: Dad a un hombre su Utopía y la destruirá deliberadamente con una sonrisa, y yo estaba decidido, con la misma sonrisa ¡a desmentir a Dostoievski! También era yo un notorio alcoholizado que explotaba donde se emborrachara. Mis amigos de San Francisco decían que era un lunático Zen, al menos un Lunático Borracho, pero así y todo se sentaban conmigo a la luz de la luna en los prados a cantar y beber. A la edad de veintiún años me echaron de la Marina por personalidad esquizoide tras decir a los doctores que no podía soportar la disciplina. Ni yo mismo puedo entender cómo explicarme. Cuando mis libros se hicieron famosos –Generación Beat— y los entrevistadores intentaban hacerme preguntas, yo les contestaba todo lo que se me ocurría. No tenía valor para decirles que me dejaran en paz, o como Dave Wain diría más tarde –un gran tipo del Gran Sur—: diles que estás ocupado entrevistándote tú mismo. Clínicamente, en el momento de comenzar esta historia, en el tejado de encima de Gaines, yo era un Paranoico Ambicioso. Nada podía evitar que escribiera gruesos volúmenes de prosa y poesía de balde, es decir, sin esperanza alguna de que fueran jamás publicados. Sencillamente, los escribía porque era un Idealista y creía en la Vida y tenía que justificarla con mis más serios garabatos. Cosa curiosa, esos garabatos fueron los primeros de su clase en el mundo, yo estaba originando (¿sin saberlo, decís?) una nueva forma de escribir acerca de la vida, sin ficción, sin estilo, sin conclusiones revisadas, la desgarradora disciplina de la verdadera prueba de fuego de donde uno no puede volverse atrás, si se ha hecho el voto de habla ahora o contén tu lengua para siempre, y toda aquella inocente y lanzada confesión, la disciplina de hacer de la mente la esclava de la lengua, sin posibilidad de mentir o reelaborar (…) Escribí aquellos manuscritos como escribo éste, en baratos cuadernillos a la luz de la vela en la pobreza y la fama.

***
Mi vida es un vasto poema épico sin consecuencias, con mil millones de personajes, aquí llegan todos, tan suavemente como giramos hacia el este, tan suavemente como la tierra gira hacia el este.
***
[Todos estos fragmentos en prosa pertenecen al libro titulado Ángeles de Desolación de Jack Kerouac, editado en idioma español por Biblioteca Universal Caralt en la década del setenta. Fueron publicados, también, en la Aquí y Ahora Nº 3 de septiembre de 2002, que era una revista de distribución gratuita dedicada mayormente a la literatura. La tirada era de 1000 -mil- ejemplares.]

viernes, 15 de junio de 2007

Frases extraídas del libro "Las fuerzas morales" de José Ingenieros

La antorcha lucífera no se apaga nunca, cambia de manos.

Es ventura sin par la de ser jóvenes en momentos que serán memorables en la historia. Las grandes crisis ofrecen oportunidades múltiples a la generación incontaminada, pues inician en la humanidad una fervorosa reforma ética, ideológica e institucional.

Los jóvenes cuyos ideales expresan inteligentemente el devenir constituyen una Nueva Generación, que es tal por su espíritu, no por sus años. Basta una sola, pensadora y actuante, para dar a su pueblo personalidad en el mundo. La justa previsión de un destino común permite unificar el esfuerzo e infundir en la vida social normas superiores de solidaridad. El siglo está cansado de inválidos y de sombras, de enfermos y de viejos. No quiere seguir creyendo en las virtudes de un pasado que hundió al mundo en la maldad y en la sangre. Todo lo espera de una juventud entusiasta y viril.

Cada generación anuncia una aurora nueva, la arranca de la sombra, la enciende en su anhelar inquieto. Si mira alto y lejos, es fuerza creadora. Aunque no alcance a cosechar los frutos de su siembra, tienen segura recompensa en la sanción de la posteridad. La antorcha lucífera no se apaga nunca, cambia de manos. Cada generación abre las alas adonde las ha cerrado la anterior, para volar más lejos, siempre más. Cuando una generación las cierra en el presente, no es juventud: sufre de senilidad precoz.

De seres sin ideales ninguna grandeza esperan los pueblos.

La juventud escéptica es flor sin perfume. De jóvenes sin credo se forman cortesanos que mendigan favores en las antesalas, retóricos que hilvanan palabras sin ideas, abúlicos que juzgan la vida sin vivirla: valores negativos que ponen piedras en todos los caminos para evitar que anden otros los que ellos no pueden andar. El hombre que se ha marchitado en una juventud apática llega pronto a una vejez pesimista, por no haber vivido a tiempo. La belleza de vivir hay que descubrirla pronto, o no se descubre nunca. Sólo el que ha poblado de ideales su juventud y ha sabido servirlos con fe entusiasta puede esperar una madurez serena y sonriente, bondadosa con los que no pueden, tolerante con los que no saben.

La inercia frente a la vida es cobardía. Un hombre incapaz de acción es una sombra que se escurre en el anónimo de su pueblo. Para ser chispa que enciende, fuego que templa, reja que ara, debe llevarse el gesto hasta donde vuele la intención.

No basta en la vida pensar un ideal: hay que aplicar todo el esfuerzo a su realización. Cada ser humano es cómplice de su propio destino; miserable es el que malbarata su dignidad, esclavo el que se forja la cadena, ignorante el que desprecia la cultura, suicida el que vierte la cicuta en su propia copa. No debemos maldecir la fatalidad para justificar nuestra pereza; antes debiéramos preguntarnos en secreta intimidad: ¿volcamos en cuanto hicimos toda nuestra energía? ¿Pensamos bien nuestras acciones, primero, y pusimos después en hacerlas la intensidad necesaria?

El pensamiento vale por la acción que permite desarrollar. El hombre piensa para obrar con más eficacia y multiplicar el área en que desenvuelve su actividad. Corrompen el alma de la juventud los retardados filósofos que aún la entretienen con disputas palabristas, en vez de capacitarla para tratar los problemas que interesan al presente y al porvenir de la humanidad. Los jóvenes deben ser actores en la escena del mundo, midiendo sus fuerzas para realizar acciones posibles y evitando la perplejidad que nace de meditar sobre finalidades absurdas.

lunes, 11 de junio de 2007

Anotaciones sobre la película "Los Edukadores"

Jule no puede pagar el alquiler. Trabaja como camarera en un restaurante para ricos.

Jan es amigo del novio de Jule; Peter.

A Jule la acaban de echar o despedir del restaurante donde trabajaba por proteger o defender a un compañero de trabajo que estaba fumando un cigarrillo en el sótano. Es de noche y se encuentra con Jan en una alta terraza de algún edificio de la ciudad. Peter, su novio, está de viaje por unos días. Jule y Jan beben una botella de vino tinto y conversan.

Jule: ¿Por qué no me callaré?
Jan: ¿Por qué? Hiciste bien en defenderlo (al empleado del restaurante).
Jule: Sí, claro. Pero necesito el empleo, ¿entiendes?
Jan: No, no entiendo. Vas a todas las marchas contra la explotación y la opresión pero eres esclava de un millonario.
Jule: Esas marchas son inútiles.
Jan: La rebelión es difícil ahora. Antes uno se drogaba y usaba el pelo largo y ya estaba contra el mundo. Lo que antes era subversivo, hoy se vende en las tiendas. Camisetas del Che Guevara, autoadhesivos anarquistas.
Jule: Por eso no hay más rebeliones juveniles. Todos sienten que ya se ha hecho antes. Otros fracasaron antes. ¿Por qué no habríamos de fracasar ahora?
Jan: En todas las revoluciones hay algo claro. Aunque fracasen, lo importante es que sobrevivan sus ideas. Y en las rebeliones personales también. Lo que resulta bien, lo que sobrevive en ti te hace más fuerte.

Jule lo mira a Jan asintiendo con un movimiento leve de la cabeza, se sonríe ingenua, toma un trago de la botella, gira hacia el lado del precipicio donde se ve una larga avenida iluminada y le dice a Jan:

¿Qué dices? ¿Cuántos allá abajo piensan en la revolución?

Jan: (Mirando el reloj) A esta hora, no muchos. Deben estar mirando la televisión.
Jule: Probablemente.
Jan: La gente ve cuatro horas de televisión por día. ¡Cuatro horas!
Jule: Terrible.
Jan: No les queda tiempo para la revolución.
Jule: ¿Sabes? No encuentro mi lugar en esta sociedad. Pero ése no es el problema. El problema es que no encuentro nada en lo que creer realmente. ¿Tienes alguna idea?
Jan: Sígueme… (Y agarran sus mochilas y se van caminando por los techos del edificio).

Cada corazón es una célula revolucionaria. Los Edukadores


[Este fragmento de entrevista fue transcripto por mí y está incluido en la quinta parte de mi libro titulado La Gloria en el Ocaso. 2005 - 2006]

lunes, 4 de junio de 2007

Entrevista transcripta del documental "Woodstock, tres días de paz y música"

La entrevista comienza arriba de un coche. En los asientos traseros hay un joven y su chica, como ya dije, el conductor conduce, el camarógrafo filma y el entrevistador hace las preguntas (no sé si el camarógrafo es el mismo que hace las preguntas). Aquí va:

Chica: La cosa es la música.
Entrevistador: (Dirigiéndose al joven) ¿No has venido por las chicas?
Joven: Eso es algo básico. Hay muchas muchachas. Seguramente son más libres que en otros lados. Estoy seguro que se joderá mucho (Risas).
Entrevistador: ¿Has traído tu propia muchacha? ¿Han venido juntos o sólo hicieron dedo juntos?
Joven: Vivimos juntos hace cuatro o cinco meses.
Chica: …Con mucha otra gente.
Joven: Lo que la gente llama una comuna. Pero es sólo… Vivimos juntos y decidimos venir juntos ya que veníamos aquí.
Chica: Y no está definido que aquí estaremos juntos.
Entrevistador: ¿No estás celosa de él?
Chica: No (y se ríen ambos como si el entrevistador les hubiese preguntado una estupidez…).

Ahora ya no están en el coche, sino sentados sobre el pasto en un espacio verde.

Entrevistador: ¿Salen juntos?
Joven: No.
Entrevistador: ¿Pero han venido juntos?
Chica y Joven: Sí (y se ríen como pícaros…).
Entrevistador: ¿Eso te gusta? (dirigiéndose al joven).
Joven: Sí, ella me gusta. La amo. La disfruto.
Entrevistador: ¿Qué piensan de esto?
Chica: A mi forma de ver conozco a Jerry hace seis meses cuando vino a vivir con el grupo familiar que yo ya conocía. Y llegué a conocerle muy bien. Y aprendí a quererle. Es decir, jodemos (cogemos, follamos, garchamos) y todo eso, pero es algo lindo porque hay mucha libertad y no estamos enamorados ni nada por el estilo.
Entrevistador: ¿Puedes comunicarte con tus padres? (dirigiéndose a la chica).
Chica: Puedo hacerlo sólo a un nivel. Ya hace dos años que me fui de casa y al principio fue bravo. Ahora han comenzado a ablandarse. No les resulta tan difícil que yo sea como soy. Pero no puedo hablar con ellos de cosas importantes. No podrían entender. Por ejemplo, mi mamá sufre porque está segura que voy a ir al infierno. No hay nada que yo pueda hacer para decirle que eso no existe para mí. Así que a ese nivel no nos comunicamos.

Ambos se callan unos segundos y comienza a hablar al joven.

Joven: Mi padre preguntó si estaba en un campo de entrenamiento comunista en la casa donde vivía. Pude entender de dónde salía eso, porque cuando él… Es un inmigrante que vino aquí para hacer algo mejor económica y socialmente, para darme algo mejor a mí. Él puede entenderme. Me dice: ¿Por qué no sigues las reglas del juego? Aquí hay oportunidades y cosas de mucho valor. Él no entiende que para mí no tienen valor. Pero es lo suficientemente listo como para dejarme ser quien soy. Calculo que tiene una idea en la cabeza que al hacer lo que estoy haciendo aprenderé a vivir. Eso es lo que quiere que haga. No puede entender por qué soy así, pero quiere que sea así. Porque sabe que es la única cosa para mí.
Chica: Es así desde los cuatro años… (y ambos se ríen).
Entrevistador: ¿De veras? ¿No es por las drogas?
Joven: No (con serenidad y seguridad).
Chica: Yo tampoco.
Entrevistador: ¿Crees que es una forma de evasión?
Joven: No sé. Tomaba drogas. Estaba muy metido en eso, pero ahora parece casi artificial. Es como las drogas y la revolución, y el frente unido y todo eso. Sólo quiero ser un ser humano, es todo lo que quiero ser. No quiero un cambio total. Eso sólo trae locura total. Sólo quiero ser yo mismo y hallar un lugar donde pueda mantener algún tipo de balance dentro de mí. Como Hamlet: Ser o no ser.
Entrevistador: ¿Te podrías comunicar con Nixon o Westmoreland?
Joven: Espero que sí.
Entrevistador: Ellos hacen lo suyo, ¿no?
Joven: No sé, son neuróticos, psicóticos o la pasan bien, como dicen en la revista Life.
Entrevistador: Ellos dirían lo mismo de ti.
Joven: (Casi enojado) Pero no es la verdad. Yo no necesito todo eso poder. Puedo quedarme sentado aquí. No necesito ser presidente de los Estados Unidos. No necesito llegar a la cumbre. No tengo que ser ambicioso. No hay nada por lo que tratar de subir. Todo está aquí abajo.
Entrevistador: ¿Tienen entradas para esto?
Chica: No.
Entrevistador: ¿Cómo van a entrar?
Chica: No tengo idea.
Joven: No pensé en ello.
Chica: Pensé que una vez aquí, vería lo que pasa y seguiría adelante.

Hay un corte breve.

Joven: Los que no se hallan a sí mismos están aquí para encontrarse. Así que todos están buscando una especie de respuesta cuando en realidad no hay ninguna. Sino, ¿por qué irían 300.000 o 120.000 personas a un lugar, sólo porque hay música? ¿La música es tan importante? No me parece. La gente no sabe cómo vivir y no sabe qué hacer, y cree que puede venir y descubrir lo que es, o cómo mantenerlo, o… Creo que la gente está muy perdida.

Y los jóvenes se quedan sentados, con gestos de preocupación y un poco de tristeza. Luego aparece una especie de gurú hindú con barba canosa diciendo:

América dirige al mundo de varias maneras. Hace poco, cuando estaba en el oriente, el nieto de Mahatma Gandhi se encontró conmigo y me preguntó qué ocurre en América. Y yo le dije América se está convirtiendo en un todo. América está ayudando a todos en el campo material pero ya es hora de que América también ayude a todo el mundo en el plano espiritual.

Y la multitud lo aplaude y sigue el Rock and Roll.

Una canción de Country Joe Mac Donald dice lo siguiente:

¡Denme una C! (Y la multitud responde diciendo: C)
¡Denme una O! (Y la multitud responde diciendo: O)
¡Denme una Ñ! (Y la multitud responde diciendo: Ñ)
¡Denme una O! (Y la multitud responde diciendo: O)
¿Qué tenemos? (Y la multitud responde diciendo: COÑO)
¿Qué tenemos? (Y la multitud responde diciendo: COÑO)

Empieza ahora a cantar solamente con su guitarra:

Vamos todos hombres forzudos
El tío Sam necesita nuestra ayuda
Se metió en un terrible enredo
Por allá lejos en Vietnam
Dejen libros y empuñen armas
Nos vamos a divertir
Y una, dos, tres
¿Para qué luchamos?
No me preguntes, no me importa
Nos apearemos en Vietnam
Y cinco, seis, siete
Abran las puertas del cielo
No hay tiempo de preguntar por qué
¡Hurra! Vamos todos a morir
Vamos Wall Street no se demoren
Porque esta guerra va a durar
Hay mucho dinero que hacer
Aprovisionando al Ejército con armamento
Reza tan sólo que cuando
tiren la bomba sea en Vietcong
Y una, dos, tres
¿Para qué estamos luchando?
No me preguntes, no me importa
Nos apearemos en Vietnam
Y cinco, seis, siete
Abran las puertas del cielo
No hay tiempo de preguntar por qué
¡Hurra! Vamos todos a morir
Adelante, generales, apresúrense
Por fin ha llegado su oportunidad
Atrapen a esos rojos
Un buen rojo es un rojo muerto
La paz puede ganarse sólo después
De despacharlos al otro mundo
(¡Canten!, grita Joe Mac Donald. ¡Más fuerte!)
Y una, dos, tres
¿Para qué estamos luchando?
No me preguntes, no me importa
Nos apearemos en Vietnam
Y cinco, seis, siete
Abran las puertas del cielo
No hay tiempo de preguntar por qué
¡Hurra! Vamos todos a morir
(Ahora Joe les dice: No sé cómo esperan poder parar esta guerra si no pueden cantar mejor.
Hay 300.000 de ustedes ahí afuera, ¡así que comiencen a cantar!)
Y una, dos, tres
¿Para qué estamos luchando?
No me preguntes, no me importa
Nos apearemos en Vietnam
Y cinco, seis, siete
Abran las puertas del cielo
No hay tiempo de preguntar por qué
¡Hurra! Vamos todos a morir
Mujeres de toda la tierra envíen
A sus hijos a pelear en Vietnam
Padres, no duden en mandar a
sus hijos antes de que sea tarde
Sean los primeros del barrio en
recibir a su hijo en un ataúd
Y una, dos, tres
¿Para qué estamos luchando?
No me preguntes, no me importa
Nos apearemos en Vietnam
Y cinco, seis, siete
Abran las puertas del cielo
No hay tiempo de preguntar por qué
¡Hurra! Vamos todos a morir

La película-documental Woodstock. 3 days of peace and music la dirigió el director y cineasta Michael Wadleigh. Y un dato más: el editor y asistente de dirección fue Martin Scorsese.
Los músicos que participaron en el Festival fueron los siguientes: Richie Havens, Joan Baez, The Who, Sha Na Na, Joe Cocker, Country Joe and the Fish, Arlo Guthrie, Crosby, Stills and Nash, Ten Years After, John Sebastian, Santana, Sly and the Family Stone, Canned Heat, Jefferson Airplane, Janis Joplin y Jimi Hendrix.
La canción titulada Woodstock fue escrita por Joni Mitchell, que supuestamente es la canción oficial del film.

Cuando el film termina aparecen estas palabras representativas:

PAZ - MÚSICA - ECOLOGÍA - LIBERTAD - COMUNIDAD - DEMOCRACIA - ALTERNATIVAS - CONOCIMIENTO - ALTRUISMO -

La Generación Woodstock. Que en paz descanse. Libérate. Pásalo bien.